Búsqueda personalizada

viernes, 19 de agosto de 2011

Ocurrió así



Hoy me recibí de mentiroso.
Mi auto está en el taller, no tengo movilidad, no puedo ir a ningún lado porque vivo lejos de la ciudad y por acá no pasan taxis ni colectivos. Por acá no pasa nada, será por eso que amo tanto mi barrio.
Como decía, mi auto está roto y no tengo manera de salir esta noche. Ayer prometí castigarme por idiota. No salir en todo el fin de semana. No gastar plata, quedarme en casa mirando la tele, cocinando y comiendo lo que cocino. Lo que hace la gente normal, digamos.
Pero lejos de mí está la normalidad. Nada más alejado de lo que soy. Un idiota, un idiota probado que se cree muy especial. Tan especial que no usa el transporte público. Tan diva que llama a su hermana y le pide el auto para salir esta noche. Un jueves de agosto. Frío, helado. Un día en que todo el mundo se queda en su casa mirando a Tinelli.
Pues yo no. Yo llamo a mi hermana y le miento. Le digo que anoche me tragué un pozo en el centro de la ciudad, mientras regresaba de una reunión de trabajo. Le explico que el pozo era muy profundo, tanto que el chasis de mi auto quedó destruido, a la miseria, y tuve que llamar a una grúa para que me socorriera.
Mi hermana asiente, me consuela, putea al jefe de gobierno de la ciudad por no arreglar los pozos en el pavimento. Yo le sigo el juego, le miento cada vez más.
Aunque la parte del remolque es verdadera, todo el resto proviene de mi imaginación de escritorcillo mentiroso.

Luego llama mi madre, y le hago el mismo cuento. Procuro ser minucioso en mi relato, imitar a la perfección los detalles que le describí a mi hermana. Mi madre no putea al jefe de gobierno, sino a la presidenta. Dice que es una negra de mierda, que este país no tiene futuro. Le doy la razón, también le sigo el juego. Entonces puteamos juntos: a Cristina, a su marido difunto y a su hija la fea, que nada tiene que ver en este cuento, pero se lleva el insulto mayor sólo por ser fea y verse desaliñada.
Corto con mi mami y pienso que jamás podría decirle la verdad sobre lo que ocurrió anoche.

Nunca, never ever, sería capaz de contarle que después de comer con un amigo que quiere ser mi novio y pedirle que me traiga un ipad cuando vuelva de LA, la semana que viene, lo dejé en la puerta de su casa, le esquivé un par de besos y así como estaba, algo borracho por el vino de la cena y bastante caliente porque sí, terminé solo en una bar gay de Palermo tomando cerveza. Solo, un miércoles por la noche, en pleno invierno. Nunca me atrevería a contarle esto a mis amigos. ¿Se puede ser más loser? ¿Se puede estar más desesperado? ¿Qué necesidad?
Viéndolo a la distancia, quiero suponer que el vino tiene la culpa. Que cuando tomo me transformo, me siento joven, lindo, caliente, y no tolero la idea de irme solo a casa. Será eso, supongo.
El punto es que estaba en Sitges –el bar de Palermo, claro está, no la playa de Barcelona- sentado en la barra con mi botellita de Corona y nada potable a mi alrededor. Todo era tan feo que comencé a arrepentirme de estar ahí. Quise irme, desaparecer, pero en lugar de eso pedí otra cerveza. Tomé más y terminé de perder el eje. Me puse calentón, más todavía. Y olvidé el sentido de la inhibición, de la cordura, de la decencia. Me fui al carajo. Tanto, que no tuve reparos en acercarme a una mesa cercana en la que charlaban dos rubitos de un extranjerismo evidente. Me presenté en inglés, por las dudas. Uno me sonrió, el otro puso cara de orto. Le hablé al primero, que no me sacaba sus ojos celestes de encima. Dios, mi reino por esos ojos, pensé.
El chico me dijo que eran alemanes, de Munich, que estaban en Buenos Aires de paso y que al día siguiente partirían a Santa Cruz, Bolivia, para conocer a los niños pobres que subvencionaban por correo y luego, cuando salieran de eso, terminarían su viaje en Perú.
Me conmovió el cuento de los niños y tal, pero más me derritió su mirada intensa, su pelo dorado, su camiseta ajustada, sus jeans medio rotosos que me sugerían todo y mucho más. Le pregunté si el chico de al lado era su pareja. Me dijo que sí. Me sentí golpeado, pero no vencido. Quedaba el trío, una trilogía de salchicha alemana. Los europeos son modernos, claro. No le hacen asco a nada, seguro. Para ellos, un ménage à trois es cosa de todos los días, pensé.
Pero no, nada que ver. Me equivoqué, una vez más.
Nos quedamos hablando pavadas durante una hora, hasta que, por fin, el alemán mala onda salió a fumar y pude quedarme solo con el de ojos celestes, que inmediatamente puso su mano sobre mi pierna. Le dije que su novio se iba a poner celoso. Me dijo que no. Le pregunté si hacían tríos, me contestó que no era su estilo, y quiso darme un beso muy desubicado, clandestino, con su chico fumando afuera y el peligro inminente de una pelea marital en puerta.
Lo besé igual, qué más daba. Se me puso dura, muy. Me dijo que nos fuéramos de ahí. Le volví a recordar la existencia de su novio mala onda. Me dijo que no me preocupara, que él lo mantenía, que él lo había invitado a ese viaje y que él mandaba en aquella relación. Sentí pena por el otro tipo, el mantenido humillado. No lo envidié ni un poquito. Y mientras me compadecía de su existencia, el marido esclavizado regresó de afuera con olor a tabaco. Un insoportable y muy desagradable aroma a cigarro negro, fuerte, amargo. El patriarca le dijo algo en alemán. No entendí ni medio, pero la cara del otro lo decía todo. Cara de culo, de poto, de orto. Una cara de mierda. Me dio igual, total, estaba demasiado borracho como para sentirme incómodo por eso. Me fui al baño para dejarlos hablar tranquilos. En el trayecto me encaró un brasilero feo. Le sonreí amablemente y le dije que estaba con mi novio, señalando al alemán lindo. Proyecté, claro está.
Cuando volví, el tipo me dijo que ya estaba todo arreglado, que a su novio no le molestaba vernos juntos, que podíamos irnos los tres al hotel y ver qué pasaba.
Le dije que no, que una vez había tratado de hacer un trío con una pareja de chicos y todo terminó muy mal, uno de los dos se puso celoso, yo me puse nervioso, no se me paró y los tres terminamos a las puteadas. Un horror, una experiencia irrepetible.
El rubito reaccionó a mi explicación como si no hubiera existido, e insistió con su invitación. Luego comenzó a besarme el cuello delante del otro. Nada le importaba. Su borrachera y su calentura eran más fuertes que cualquier otro sentimiento. De amor hacia su novio, por ejemplo. De respeto hacia el mantenido, por decir. No hubo nada de eso. El chico siguió besándome, tocándome y diciéndome cosas al oído. Cosas chanchas en un inglés duro y entrecortado. Un inglés alemán. Un acento irresistible.
No pude negarme, obvio.
Los subí al auto y manejé hacia San Telmo, a su hotel súper-chic-ultra-gay-moderno-sofisticado. Un hotel al que nunca llegamos, porque a la altura de la Casa Rosada, el edificio público que mi presidenta iluminó de manera híper marica, me llevé puesto el cordón de la acera, una especie de veredita que oficiaba de división de calles –o algo así- en medio de la rotonda que circunda la fucking Casa Rosada. El golpe fue demoledor, y la base de mi auto comenzó a perder diferentes líquidos negruscos que desconozco, hasta que del motor salió un humo espeso y casi explotamos. Los dos maricas alemanes y yo, el más puto de todos los porteños, por poco no contamos el cuento.
Y vaya si merecíamos un castigo, porque lo que no conté es que, mientras girábamos a la rotonda, yo me encontraba en el siguiente estado: alcoholizado, sin mis anteojos reglamentarios de manejar, muy al palo, con la bragueta baja, con el tipo malo tocándome la pija desde el asiento de atrás y el tipo bueno chupándomela desde el asiento de al lado. Y una mano en el volante y la otra debajo del pantalón del chico lindo.
Froilan froilan. Strugen stragen. Salchicha alemana completa servida al plato en doble ración con papas incluías. Y cerveza, mucha cerveza en el cuerpo, en la cabeza, en el cerebro. Tanto alcohol que no pude ver nada, no logré darme cuenta de lo que estaba pasando hasta que sentí el golpe seco y vi el humo saliendo del motor. Horrible, asqueroso, vergonzante.

Después vino la parte más bizarra y espantosa de la noche. Sacarnos las manos de la partes, abrocharnos los pantalones, salir del auto, comprobar que todo era un desastre, llamar al servicio mecánico y esperar, con esos dos extraños que impusieron su amabilidad y se rehusaron a dejarme solo, los cuarenta y cinco minutos que tardó en llegar el maldito remolque.
¿Y qué creen que me dijo el alemanote guapo cuando vinieron a buscarme y quise despedirlos?
No te vayas, por favor, ven a dormir con nosotros al hotel, que todavía me quedé con ganas.
No le pegué una trompada porque estaba demasiado cansado, arrepentido y preocupado. No lo pueteé porque no tuve fuerzas ni ganas de pensar en otra cosa que no fuera mi fucking auto chocado, el estúpido remolque y la manera en que llegaría al taller mecánico; cuánto me iba a costar el arreglo de ese auto importado que debía cambiar urgentemente por uno nacional si no quería entrar en quiebra y como llegaría, sano y salvo, con todo resuelto, a mi casa, al otro lado del mundo, un miércoles de agosto a las tres y media de la madrugada.

Ahora estoy escribiendo esto en una bar cercano al taller mecánico donde dejé mi auto anoche. Son las cinco de la tarde del día siguiente. El tipo del taller me dijo que el arreglo sería muy costoso y demoraría más de lo normal, dado que el auto es japoné y los repuestos no se consiguen porque en nuestro país las importaciones están momentáneamente bloqueadas (gracias Cristina).
Me quedé sin auto, sin plata y sin autoestima. Me siento la criatura más estúpida del planeta. Y para colmo, hoy le miento a mi familia para que me den otro auto, y así poder salir esta noche, volver a emborracharme y seducir nuevamente a un extranjero apetecible.
No aprendo. Sigo caliente y no aprendo. Soy hombre, soy joven, soy idiota. Y mientras escribo estas pavadas, pienso seriamente en la posibilidad de castrarme. Sería, quién sabe, la decisión más inteligente de mi vida.