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viernes, 5 de agosto de 2011

Colgado de la palmera



Estoy borracho en el depa de mi madre.
Desde el quinto piso de su balcón, miro la palmera que invade el coqueto living de San Isidro.
Hoy viernes no hice nada productivo.
Desperté a la una de la tarde, tomé café frente a la compu, me limé las uñas, contesté algunos mails, me vestí de una manera absurdamente elegante (como si tuviera algo que hacer, un lugar a donde ir) y partí a vagabundear con el auto.
El sol, tan preciado en este invierno de locos que parece esandinavo, se asomó imponente y me quemó la mirada. Tengo que aprovecharlo, pensé, y manejé cuesta abajo, hacia el apacible Río de la Plata.
Me senté en un bar de windsurfistas, un criadero de potros cuaerazos, y pedí una Stella Artois de las grandes. Contemplé el río con una paz absurda, un relajo que no se condice con mi situación actual. Debería estar preocupado, lo sé, por los miles de males que me aquejan y prefiero no enumerar.
Sin embargo, en esta tarde de sol nada me importa, todo me chupa un huevo, el mundo y sus problemas mundanos me tienen sin cuidado. Es viernes, se acerca el fin de semana y la alegría de estar vivo, sano y libre me invade de una forma inusitada.

No fui al gimnasio.
No retiré mis estudios médicos.
No pagué los gastos de mi depa.
No lavé el auto ni le hice el service.
No concreté ninguna reunión de trabajo.
No escribí ni medio capítulo de mi nueva novela.
No visité a mi abuela.
No fui a buscar a mi sobrina al colegio.
No llamé al dentista para acordar una cita.
No hablé con mi contador.
No entregué los libros que debía entregar a los power players literarios de Buenos Aires.
No mandé por correo mi novela a Madrid.
No hablé con los organizadores de la feria de Santiago, que me quieren llevar a Chile.
No me hice ni masajes, ni limpieza de cutis, ni manicura ni pedicura.
No me afeité.
No me bañé.
Ni siquiera me peiné.
Pero me puse un saco lindo y me senté en un bar lleno de chicos lindos a tomar cerveza y, mientras me emborrachaba duro y parejo, chateaba desde el Blackberry con mis amigos y amigas, planeando la joda del fin de semana.
El lunes será lunes y todo volverá a ponerse gris y pesado.
Pero hoy es viernes, gracias a Dios es viernes, y los viernes nada debe importar más que relajarse con amigos y familia.
Por eso subí al depa de mi madre, borracho como estoy, a darle un abrazo y conversar con ella frente a su palmera y dejar que me cuente todo sobre sus peleas con la empleada, que me detalle las nuevas ofertas del super o se queje por los altercados con su novio y las locuras de mi abuela.
No me interesa nada de lo que dice, por supuesto, pero estar a su lado me produce una paz indescriptible, una sensación de protección que parece lo más cercano al seno materno.

Ahora son las seis de la tarde y el fondo de la palmera comienza a ponerse de color anaranjado.
El atardecer se hace noche, mi madre se enfunda en su pijama a rayas y yo bajo a mi depa a cambiarme.
Me voy a bañar.
Me voy a afeitar.
Me voy a maquillar.
Pero no para hacer algo productivo, no para quedar bien ante nadie ni presentarme en una de las tantas hipócritas y aburridas reuniones de negocios que tuve a lo largo de la semana.
Me voy a arreglar para mí mismo. Para salir, seguir emborrachándome y agradecer a la vida todo lo que tengo.
Y a Dios, porque es viernes.
Thanks, god, it´s friday!