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martes, 23 de agosto de 2011

Canapé de mondongo



Daniel usa gel en el pelo.
Mucho gel, tanto que siento leves pinchazos en la yema de mis dedos cuando le acaricio la cabeza.
También usa crema de peinar, una sustancia viscosa con olor a crema de enjuague o acondicionador de cabello de dudosa procedencia. De perfumería barata. De mucama, diría la hija de puta de mi madre.
Daniel tiene los dientes muy blancos y muy grandes. Demasiado impecables para mi gusto, demasiado fluorados, como de galán de telenovela mexicana.
Los dientes de Daniel son tan perfectos y artificiales como su pelo engelado. Como su cara bronceada por la cama solar. Como su culo duro y pomposo, depilado, turgente. Y como su pecho, también depilado, también bronceado color naranja zanahoria en pleno invierno porteño.
Daniel es eso. Es un aparato, un grasa, un canapé de mondongo.
Ahora, la pegunta del millón es la siguiente: ¿Por qué no puedo dejar de llamarlo? ¿Por qué no lo borro del msn de una vez por todas? ¿Por qué sigo enviándole mensajes de texto un jueves a las dos de la madrugada, borracho, mientras salgo de comer con amigos y siento que la noche no puede acabar así, sin un buen polvo?
La respuesta, creo, está en la última pregunta. El buen polvo, esa es la cuestión. Daniel es un buen polvo. Más que eso, Daniel es el mejor polvo, el más sublime y perfecto garche sin amor de toda mi existencia.

Conocí a Daniel hace seis meses, a través de una página de contactos gay. Manhunt, para ser más exactos.
Esa noche entré al chat, abrí mi perfil, expuse mis fotos y dejé abiertos mis intereses al alcance de cualquier extraño.
Dos imágenes, una en la que aparezco en traje de baño, saliendo de la pileta de la chacra de Shakira en Punta del Este –sí, esto es verdad, pero da para una crónica en sí misma- y otra en la que estoy de civil, de calle, vestido con una camiseta medio ajustada, un jean color gris de corte pitillo y mis zapatillas negras de charol. Muy puto, muy haciéndome el fashion, muy así como si nada, como si anduviera todo el día requete producido casi sin darme cuenta.
Al costado de las fotos, que fueron severamente editadas y photoshopeadas, estaba la descripción de rigor: 1.88 de altura, 75 kg de peso, ojos marrones, pecho lampiño, contextura delgada (pero marcado, de gym), pelo castaño (castaño claro, of course) dotación de… 20 x 6 (digamos, en estado de ebullición, claro está), activo (fundamental) y en busca de: sexo casual, one night stand, o lo que se dé. No acepto tríos. Compromiso emocional: 0.0.

Y eso era todo. Y eso bastó para que Daniel, en su búsqueda de quién sabe qué, me enviara un mensaje que decía: Hola, como va?, e iba acompañado de su perfil, que no me interesó leer, puesto que sus fotos lo mostraban todo.
El tipo se partía al medio. Tenía los dientes muy blancos, sí. Tenía mucho gel en el pelo, eso ya lo dije. Pero su cuerpo… ¡Dios santo y la Virgen María! Su cuerpo era un monumento a la cultura física, una oda al fitness, un credo a la buena forma y la alimentación libre de grasas trans.
Daniel era todo eso. Todo eso y nada más, porque ni bien iniciamos el chat de rigor -esa conversación ridícula en la que uno no sabe muy bien qué coño decir- el bueno de Daniel demostró toda su ignorancia y pelotudez congénita.
El bueno de Daniel demostró se un bueno para nada. Con su conversación estúpida, intrascendente; con sus horrores de ortografía, sus alusiones constantes al cine de acción y a los suplementos deportivos, su interés nulo por la lectura (no soy de la generación de leer libros, se atrevió a decirme) y sus idiotas ganas de conocerme para salir a tomar un helado y ver qué onda.

Pues bien, ahora me hago el vivo, el inteligente y superado que está más allá de los chats vacíos en busca de sexo express. Pero en ese momento, le seguí el juego al lindo de Daniel y hasta quedé en pasar a buscarlo por el gimnasio para ir a tomar algo y ver qué onda.
Y pasé, y lo vi con ropa deportiva y me volvió el alma al cuerpo. Ahí estaba Daniel, esperando en la puerta de su gym de Palermo, con muchos músculos muy trabajados -todavía casi palpitando de tantos push ups- una sonrisa de propaganda de dentrífico blanqueador y una alegría tremendamente imbécil.
Me quedé spechless, como Lady Gaga en una de sus canciones, y casi me voy, pensando que un tipo así jamás se fijaría en un escuálido intelectualoide nerd como yo. Pero ya estaba ahí, ya lo tenía en frente, y no había mucho que perder. Entonces lo hice subir al auto, lo saludé con un beso, sentí el olor de su crema para peinar mezclada con gel capilar y desodorante Adidas, le pregunté si todo estaba bien y lo llevé a un muy previsible bar de Palermo, donde pedí un gin tonic bien cargado y lo escuché decir, anonadado yo, que no tomaba ni una gota de alcohol.
Luego de la muy olvidable conversación en aquel bar, en la que no dejó de hablarme de sus ejercicios físicos diarios, sus deportes extremos en vacaciones, sus fines de semana fuera de la ciudad practicando remo, kayak, rollers o bicicleta, lo invité a llevarlo a su departamento, también en Palermo, y también muy previsible.
Una vez en la puerta del edificio moderno, a estrenar, el idiota de Daniel quiso despedirse.
Me quedé perplejo. ¿Acaso no iba a invitarme a pasar? ¿Tanto lío para nada? ¿Será que no le gusté?
Si querés pasá a tomar un café, pero te aclaro que no me gusta tener sexo en la primera cita, me dijo.
What? ¿Entonces aquello había sido una cita? Volví a perplejarme, pero esta vez reaccioné rápidamente, con inteligencia, con el instinto depredador bien calculado.
Y me hice el tonto.
Claro, no te preocupes, le dije. Solo nos tomamos un café.
Pero el café terminó en un beso. Y el beso derivó en una tocada de pierna (de él hacia mí). Y mis manos no pudieron contenerse, así que lo abracé fuerte, le acaricié la espalda, sentí sus pectorales hinchados, sus bíceps contraídos, sus abdominales perfectos.
Entonces volvió a decirme que no le gustaba hacerlo la primera vez, pero yo hice como que no lo escuchaba, y arrastré su mano gruesa –encallada la palma de levantar tantas pesas- hacia mi sexo duro, expectante, incontrolable. Y Daniel no pudo contenerse. Daniel se agachó y me la chupó con maestría, se desvistió sin desprenderse de mí, alcanzó a bajarme los pantalones, me condujo a su cama y dejó que me lo follara con una destreza inusitada. Fue todo perfecto, de un mecanismo impecable, como si se tratara de una porno en la que cada pose o movimiento estaba ensayado de antemano.
Daniel era un experto en el arte de recibir. Y yo, que solo había llegado a tercera base con mi ex novio y algún que otro amante ocasional, me lo cogí con una maestría casi inverosímil.

Después de eso hablamos, y todo el erotismo se me fue al tacho de basura. Daniel era insoportable, capaz decir tres o cuatro estupideces por minuto, seguidas, sin pausa, con un tono de voz molesto, con su gel en el pelo y su encandilante sonrisa blanquecina.
Me fui de ahí sin querer volver a verlo y prometiéndole un montón de cosas: que lo llamaría al llegar a casa, que le escribiría un mail, que lo invitaría a comer y que iría con él a patinar por Puerto Madero el siguiente fin de semana. Por supuesto, no hice nada de aquello y hasta me vi tentado a borrarlo del msn.
Pero lo mantuve en mi chat, por las dudas.
Y esas dudas llegaron el sábado siguiente, cuando terminé de comer con dos amigas a tres cuadras del departamento de él, con dos copas de vino encima y una calentura extrema en mi parte de adelante. Entonces le escribí, le dije que estaba cerca, que quería verlo, que por favor me recibiera. Aceptó de inmediato, me abrió las puertas de su casa, me ofreció un café –que no acepté- quiso charlar y se vio invadido por un beso mío que derivó en todo lo demás. Y cogimos como nunca, y luego descansamos y volvimos a hacerlo, hasta que probamos dos o tres poses innombrables y quedé agotado. Recuerdo que en una de esas batallas –la segunda quizás- Daniel me dijo, estando yo adentro suyo, que la amaba –supongo que se refería a mi pija- y que no me fuera nunca de adentro suyo.
Me freakeó un poco su comentario, pero entendí que era producto de la lujuria extrema y decidí no preocuparme al respecto. Luego me fui, volviendo a prometerle cosas que nunca cumplí.

Durante las semanas siguientes, Daniel continuó con sus propuestas de ir al cine y cosas por el estilo, cosas que hacen las posibles parejas antes de convertirse en tales entidades, pero yo no acepté ni uno de sus programas, y seguí llamándolo o escribiéndole solo cuando estaba borracho, caliente y cerca de su casa.
Hasta que vino el inevitable planteo, la aclaración de que él no era mi juguete sexual y la expresión de necesidad –de su parte- de tener una pareja y no un amante casual, un amigarche. Y mi respuesta contundente: ok, te entiendo, pero yo nunca voy a ir al cine con vos.
Daniel se ofendió y dejó de hablarme por dos semanas. Pero luego extrañó, me extrañó, la extrañó. Y me escribió.
Y pasé por su casa y me lo cogí sin siquiera saludarlo ni preguntarle cómo estaba. Y fue el mejor sexo sin amor de mi vida.

Así seguimos, durante meses, hasta que Daniel desapareció de mi vida. De repente me borró del msn, dejó de responderme los mensajes de texto y no me atendió más el teléfono.
Entonces pienso que debe haber conseguido un novio, porque no concibo la posibilidad de haber dejado de gustarle. Me digo, con cierta envidia, un poquito de despecho y algo de melancolía, que Daniel debe ser feliz en este momento. Que al principio intentó algo serio conmigo y no pudo. Que yo lo usé porque soy un hijo de puta. Que luego él me usó porque teníamos muy buen sexo. Y que ahora, después de todo, él decidió borrarme de su vida y apostar al amor verdadero.
Y yo, que me creo el más vivo de todos, me quedé sin el pan y sin la torta.
Pero estuvo bueno. Mientras duró, estuvo bueno.