Búsqueda personalizada

miércoles, 31 de agosto de 2011

Hazme salchicha

Esta noticia va dedicada a los miles de maricones que me leen y hacen sus chanchadas con extraños que contactan en Internet.
¡Miren lo que les puede pasar por calentones!

La policía rusa detiene a un hombre por envenenar a otro y comérselo

La policía de Mourmansk, al noroeste de Rusia, ha arrestado a un joven acusado de haber matado y comido a un hombre que había contactado en un sitio de internet para encuentros homosexuales.
El 19 de agosto le invitó a su casa, le envenenó y le cortó en pedazos para comérselo. Durante una semana, cocinó sus restos de diversas maneras: filetes, croquetas y salchichas.
El cocinero grabó en vídeo cómo preparaba hamburguesas con la carne de su víctima, imágenes que llegó difundir por internet.


Elmundo.es

martes, 30 de agosto de 2011

Prendí fuego a la lluvia

Estoy obsesionado con la cantante Adele.
Por eso, aquí les dejo la letra de Set Fire, la canción que más me representa.

I let it fall, my heart
And as it fell you rose to claim it
It was dark, and I was over
Until you kissed my lips
and you saved me
My hands they’re strong
but my knees were far too weak
To stand in your arms
without falling to your feet

But there's a side to you
that I never knew, never knew
All the things you'd say
they were never true, never true
And the games you'd play
you would always win, always win

But I set fire to the rain
Watched it pour as I touched your face
Well it burned while I cried
‘Cause I heard it screaming out
your name, your name...

When I'd lay with you
I could stay there and close my eyes
Feel you here forever
You and me together, nothing is better!

‘Cause there's a side to you
that I never knew, never knew
And all the things you'd say
they were never true, never true
And the games you'd play
you would always win, always win
traducción de transmusiclation
But I set fire to the rain
Watched it pour as I touched your face
Well it burn while I cried
‘Cause I heard it screaming out
your name, your name...
I set fire to the rain
And I threw us into the flames
Well it felt something died
‘Cause I knew that that was
the last time, the last time

pd. en este link encontrarán la traducción y el video

http://transmusiclation.blogspot.com/2011/07/traduccion-set-fire-to-rain-adele-letra.html

lunes, 29 de agosto de 2011

Nuevo fondo


Y sí, puse a Carrie porque la amo, porque para mí es todo.

Porque voy dejando de lado la vulgaridad farandulera peruana.

Porque me transformo.

Soy Buenos Aires, ciudad, libros, moda, cultura, diseño.

Soy todo eso y mucho más.

Muero y vuelvo a nacer. Me reinvento.

Y tengo todo para seguir.

Soy joven, estoy sano, tengo paz, amigos, familia.

Y a mi bella, histérica, siempre viva y glamorosa Buenos Aires.

Love you all, keep in touch!



pd. follow me on twitter: @LuisitoCorbacho

Para reflexionar

Hoy escuché que cuando te mueres, llegas al más allá y te preguntan:
¿Cuánto amor diste a lo largo de tu vida?
¿Cuánto amor pediste?

domingo, 28 de agosto de 2011

Especially for you

Dedicado a los enfermos.
A quienes les atormenta la simple y desquiciante imposibilidad de seguir siendo jóvenes, de seguir siendo sanos.

(después no digan que no les avisé)

jueves, 25 de agosto de 2011

Twitter oficial

Tarde pero seguro, inauguro mi cuenta de twitter.
La dirección es @LuisitoCorbacho
Este es el oficial, no se aceptan imitaciones.
Síganme, ¡no los voy a defraudar!

martes, 23 de agosto de 2011

Canapé de mondongo



Daniel usa gel en el pelo.
Mucho gel, tanto que siento leves pinchazos en la yema de mis dedos cuando le acaricio la cabeza.
También usa crema de peinar, una sustancia viscosa con olor a crema de enjuague o acondicionador de cabello de dudosa procedencia. De perfumería barata. De mucama, diría la hija de puta de mi madre.
Daniel tiene los dientes muy blancos y muy grandes. Demasiado impecables para mi gusto, demasiado fluorados, como de galán de telenovela mexicana.
Los dientes de Daniel son tan perfectos y artificiales como su pelo engelado. Como su cara bronceada por la cama solar. Como su culo duro y pomposo, depilado, turgente. Y como su pecho, también depilado, también bronceado color naranja zanahoria en pleno invierno porteño.
Daniel es eso. Es un aparato, un grasa, un canapé de mondongo.
Ahora, la pegunta del millón es la siguiente: ¿Por qué no puedo dejar de llamarlo? ¿Por qué no lo borro del msn de una vez por todas? ¿Por qué sigo enviándole mensajes de texto un jueves a las dos de la madrugada, borracho, mientras salgo de comer con amigos y siento que la noche no puede acabar así, sin un buen polvo?
La respuesta, creo, está en la última pregunta. El buen polvo, esa es la cuestión. Daniel es un buen polvo. Más que eso, Daniel es el mejor polvo, el más sublime y perfecto garche sin amor de toda mi existencia.

Conocí a Daniel hace seis meses, a través de una página de contactos gay. Manhunt, para ser más exactos.
Esa noche entré al chat, abrí mi perfil, expuse mis fotos y dejé abiertos mis intereses al alcance de cualquier extraño.
Dos imágenes, una en la que aparezco en traje de baño, saliendo de la pileta de la chacra de Shakira en Punta del Este –sí, esto es verdad, pero da para una crónica en sí misma- y otra en la que estoy de civil, de calle, vestido con una camiseta medio ajustada, un jean color gris de corte pitillo y mis zapatillas negras de charol. Muy puto, muy haciéndome el fashion, muy así como si nada, como si anduviera todo el día requete producido casi sin darme cuenta.
Al costado de las fotos, que fueron severamente editadas y photoshopeadas, estaba la descripción de rigor: 1.88 de altura, 75 kg de peso, ojos marrones, pecho lampiño, contextura delgada (pero marcado, de gym), pelo castaño (castaño claro, of course) dotación de… 20 x 6 (digamos, en estado de ebullición, claro está), activo (fundamental) y en busca de: sexo casual, one night stand, o lo que se dé. No acepto tríos. Compromiso emocional: 0.0.

Y eso era todo. Y eso bastó para que Daniel, en su búsqueda de quién sabe qué, me enviara un mensaje que decía: Hola, como va?, e iba acompañado de su perfil, que no me interesó leer, puesto que sus fotos lo mostraban todo.
El tipo se partía al medio. Tenía los dientes muy blancos, sí. Tenía mucho gel en el pelo, eso ya lo dije. Pero su cuerpo… ¡Dios santo y la Virgen María! Su cuerpo era un monumento a la cultura física, una oda al fitness, un credo a la buena forma y la alimentación libre de grasas trans.
Daniel era todo eso. Todo eso y nada más, porque ni bien iniciamos el chat de rigor -esa conversación ridícula en la que uno no sabe muy bien qué coño decir- el bueno de Daniel demostró toda su ignorancia y pelotudez congénita.
El bueno de Daniel demostró se un bueno para nada. Con su conversación estúpida, intrascendente; con sus horrores de ortografía, sus alusiones constantes al cine de acción y a los suplementos deportivos, su interés nulo por la lectura (no soy de la generación de leer libros, se atrevió a decirme) y sus idiotas ganas de conocerme para salir a tomar un helado y ver qué onda.

Pues bien, ahora me hago el vivo, el inteligente y superado que está más allá de los chats vacíos en busca de sexo express. Pero en ese momento, le seguí el juego al lindo de Daniel y hasta quedé en pasar a buscarlo por el gimnasio para ir a tomar algo y ver qué onda.
Y pasé, y lo vi con ropa deportiva y me volvió el alma al cuerpo. Ahí estaba Daniel, esperando en la puerta de su gym de Palermo, con muchos músculos muy trabajados -todavía casi palpitando de tantos push ups- una sonrisa de propaganda de dentrífico blanqueador y una alegría tremendamente imbécil.
Me quedé spechless, como Lady Gaga en una de sus canciones, y casi me voy, pensando que un tipo así jamás se fijaría en un escuálido intelectualoide nerd como yo. Pero ya estaba ahí, ya lo tenía en frente, y no había mucho que perder. Entonces lo hice subir al auto, lo saludé con un beso, sentí el olor de su crema para peinar mezclada con gel capilar y desodorante Adidas, le pregunté si todo estaba bien y lo llevé a un muy previsible bar de Palermo, donde pedí un gin tonic bien cargado y lo escuché decir, anonadado yo, que no tomaba ni una gota de alcohol.
Luego de la muy olvidable conversación en aquel bar, en la que no dejó de hablarme de sus ejercicios físicos diarios, sus deportes extremos en vacaciones, sus fines de semana fuera de la ciudad practicando remo, kayak, rollers o bicicleta, lo invité a llevarlo a su departamento, también en Palermo, y también muy previsible.
Una vez en la puerta del edificio moderno, a estrenar, el idiota de Daniel quiso despedirse.
Me quedé perplejo. ¿Acaso no iba a invitarme a pasar? ¿Tanto lío para nada? ¿Será que no le gusté?
Si querés pasá a tomar un café, pero te aclaro que no me gusta tener sexo en la primera cita, me dijo.
What? ¿Entonces aquello había sido una cita? Volví a perplejarme, pero esta vez reaccioné rápidamente, con inteligencia, con el instinto depredador bien calculado.
Y me hice el tonto.
Claro, no te preocupes, le dije. Solo nos tomamos un café.
Pero el café terminó en un beso. Y el beso derivó en una tocada de pierna (de él hacia mí). Y mis manos no pudieron contenerse, así que lo abracé fuerte, le acaricié la espalda, sentí sus pectorales hinchados, sus bíceps contraídos, sus abdominales perfectos.
Entonces volvió a decirme que no le gustaba hacerlo la primera vez, pero yo hice como que no lo escuchaba, y arrastré su mano gruesa –encallada la palma de levantar tantas pesas- hacia mi sexo duro, expectante, incontrolable. Y Daniel no pudo contenerse. Daniel se agachó y me la chupó con maestría, se desvistió sin desprenderse de mí, alcanzó a bajarme los pantalones, me condujo a su cama y dejó que me lo follara con una destreza inusitada. Fue todo perfecto, de un mecanismo impecable, como si se tratara de una porno en la que cada pose o movimiento estaba ensayado de antemano.
Daniel era un experto en el arte de recibir. Y yo, que solo había llegado a tercera base con mi ex novio y algún que otro amante ocasional, me lo cogí con una maestría casi inverosímil.

Después de eso hablamos, y todo el erotismo se me fue al tacho de basura. Daniel era insoportable, capaz decir tres o cuatro estupideces por minuto, seguidas, sin pausa, con un tono de voz molesto, con su gel en el pelo y su encandilante sonrisa blanquecina.
Me fui de ahí sin querer volver a verlo y prometiéndole un montón de cosas: que lo llamaría al llegar a casa, que le escribiría un mail, que lo invitaría a comer y que iría con él a patinar por Puerto Madero el siguiente fin de semana. Por supuesto, no hice nada de aquello y hasta me vi tentado a borrarlo del msn.
Pero lo mantuve en mi chat, por las dudas.
Y esas dudas llegaron el sábado siguiente, cuando terminé de comer con dos amigas a tres cuadras del departamento de él, con dos copas de vino encima y una calentura extrema en mi parte de adelante. Entonces le escribí, le dije que estaba cerca, que quería verlo, que por favor me recibiera. Aceptó de inmediato, me abrió las puertas de su casa, me ofreció un café –que no acepté- quiso charlar y se vio invadido por un beso mío que derivó en todo lo demás. Y cogimos como nunca, y luego descansamos y volvimos a hacerlo, hasta que probamos dos o tres poses innombrables y quedé agotado. Recuerdo que en una de esas batallas –la segunda quizás- Daniel me dijo, estando yo adentro suyo, que la amaba –supongo que se refería a mi pija- y que no me fuera nunca de adentro suyo.
Me freakeó un poco su comentario, pero entendí que era producto de la lujuria extrema y decidí no preocuparme al respecto. Luego me fui, volviendo a prometerle cosas que nunca cumplí.

Durante las semanas siguientes, Daniel continuó con sus propuestas de ir al cine y cosas por el estilo, cosas que hacen las posibles parejas antes de convertirse en tales entidades, pero yo no acepté ni uno de sus programas, y seguí llamándolo o escribiéndole solo cuando estaba borracho, caliente y cerca de su casa.
Hasta que vino el inevitable planteo, la aclaración de que él no era mi juguete sexual y la expresión de necesidad –de su parte- de tener una pareja y no un amante casual, un amigarche. Y mi respuesta contundente: ok, te entiendo, pero yo nunca voy a ir al cine con vos.
Daniel se ofendió y dejó de hablarme por dos semanas. Pero luego extrañó, me extrañó, la extrañó. Y me escribió.
Y pasé por su casa y me lo cogí sin siquiera saludarlo ni preguntarle cómo estaba. Y fue el mejor sexo sin amor de mi vida.

Así seguimos, durante meses, hasta que Daniel desapareció de mi vida. De repente me borró del msn, dejó de responderme los mensajes de texto y no me atendió más el teléfono.
Entonces pienso que debe haber conseguido un novio, porque no concibo la posibilidad de haber dejado de gustarle. Me digo, con cierta envidia, un poquito de despecho y algo de melancolía, que Daniel debe ser feliz en este momento. Que al principio intentó algo serio conmigo y no pudo. Que yo lo usé porque soy un hijo de puta. Que luego él me usó porque teníamos muy buen sexo. Y que ahora, después de todo, él decidió borrarme de su vida y apostar al amor verdadero.
Y yo, que me creo el más vivo de todos, me quedé sin el pan y sin la torta.
Pero estuvo bueno. Mientras duró, estuvo bueno.

viernes, 19 de agosto de 2011

Ocurrió así



Hoy me recibí de mentiroso.
Mi auto está en el taller, no tengo movilidad, no puedo ir a ningún lado porque vivo lejos de la ciudad y por acá no pasan taxis ni colectivos. Por acá no pasa nada, será por eso que amo tanto mi barrio.
Como decía, mi auto está roto y no tengo manera de salir esta noche. Ayer prometí castigarme por idiota. No salir en todo el fin de semana. No gastar plata, quedarme en casa mirando la tele, cocinando y comiendo lo que cocino. Lo que hace la gente normal, digamos.
Pero lejos de mí está la normalidad. Nada más alejado de lo que soy. Un idiota, un idiota probado que se cree muy especial. Tan especial que no usa el transporte público. Tan diva que llama a su hermana y le pide el auto para salir esta noche. Un jueves de agosto. Frío, helado. Un día en que todo el mundo se queda en su casa mirando a Tinelli.
Pues yo no. Yo llamo a mi hermana y le miento. Le digo que anoche me tragué un pozo en el centro de la ciudad, mientras regresaba de una reunión de trabajo. Le explico que el pozo era muy profundo, tanto que el chasis de mi auto quedó destruido, a la miseria, y tuve que llamar a una grúa para que me socorriera.
Mi hermana asiente, me consuela, putea al jefe de gobierno de la ciudad por no arreglar los pozos en el pavimento. Yo le sigo el juego, le miento cada vez más.
Aunque la parte del remolque es verdadera, todo el resto proviene de mi imaginación de escritorcillo mentiroso.

Luego llama mi madre, y le hago el mismo cuento. Procuro ser minucioso en mi relato, imitar a la perfección los detalles que le describí a mi hermana. Mi madre no putea al jefe de gobierno, sino a la presidenta. Dice que es una negra de mierda, que este país no tiene futuro. Le doy la razón, también le sigo el juego. Entonces puteamos juntos: a Cristina, a su marido difunto y a su hija la fea, que nada tiene que ver en este cuento, pero se lleva el insulto mayor sólo por ser fea y verse desaliñada.
Corto con mi mami y pienso que jamás podría decirle la verdad sobre lo que ocurrió anoche.

Nunca, never ever, sería capaz de contarle que después de comer con un amigo que quiere ser mi novio y pedirle que me traiga un ipad cuando vuelva de LA, la semana que viene, lo dejé en la puerta de su casa, le esquivé un par de besos y así como estaba, algo borracho por el vino de la cena y bastante caliente porque sí, terminé solo en una bar gay de Palermo tomando cerveza. Solo, un miércoles por la noche, en pleno invierno. Nunca me atrevería a contarle esto a mis amigos. ¿Se puede ser más loser? ¿Se puede estar más desesperado? ¿Qué necesidad?
Viéndolo a la distancia, quiero suponer que el vino tiene la culpa. Que cuando tomo me transformo, me siento joven, lindo, caliente, y no tolero la idea de irme solo a casa. Será eso, supongo.
El punto es que estaba en Sitges –el bar de Palermo, claro está, no la playa de Barcelona- sentado en la barra con mi botellita de Corona y nada potable a mi alrededor. Todo era tan feo que comencé a arrepentirme de estar ahí. Quise irme, desaparecer, pero en lugar de eso pedí otra cerveza. Tomé más y terminé de perder el eje. Me puse calentón, más todavía. Y olvidé el sentido de la inhibición, de la cordura, de la decencia. Me fui al carajo. Tanto, que no tuve reparos en acercarme a una mesa cercana en la que charlaban dos rubitos de un extranjerismo evidente. Me presenté en inglés, por las dudas. Uno me sonrió, el otro puso cara de orto. Le hablé al primero, que no me sacaba sus ojos celestes de encima. Dios, mi reino por esos ojos, pensé.
El chico me dijo que eran alemanes, de Munich, que estaban en Buenos Aires de paso y que al día siguiente partirían a Santa Cruz, Bolivia, para conocer a los niños pobres que subvencionaban por correo y luego, cuando salieran de eso, terminarían su viaje en Perú.
Me conmovió el cuento de los niños y tal, pero más me derritió su mirada intensa, su pelo dorado, su camiseta ajustada, sus jeans medio rotosos que me sugerían todo y mucho más. Le pregunté si el chico de al lado era su pareja. Me dijo que sí. Me sentí golpeado, pero no vencido. Quedaba el trío, una trilogía de salchicha alemana. Los europeos son modernos, claro. No le hacen asco a nada, seguro. Para ellos, un ménage à trois es cosa de todos los días, pensé.
Pero no, nada que ver. Me equivoqué, una vez más.
Nos quedamos hablando pavadas durante una hora, hasta que, por fin, el alemán mala onda salió a fumar y pude quedarme solo con el de ojos celestes, que inmediatamente puso su mano sobre mi pierna. Le dije que su novio se iba a poner celoso. Me dijo que no. Le pregunté si hacían tríos, me contestó que no era su estilo, y quiso darme un beso muy desubicado, clandestino, con su chico fumando afuera y el peligro inminente de una pelea marital en puerta.
Lo besé igual, qué más daba. Se me puso dura, muy. Me dijo que nos fuéramos de ahí. Le volví a recordar la existencia de su novio mala onda. Me dijo que no me preocupara, que él lo mantenía, que él lo había invitado a ese viaje y que él mandaba en aquella relación. Sentí pena por el otro tipo, el mantenido humillado. No lo envidié ni un poquito. Y mientras me compadecía de su existencia, el marido esclavizado regresó de afuera con olor a tabaco. Un insoportable y muy desagradable aroma a cigarro negro, fuerte, amargo. El patriarca le dijo algo en alemán. No entendí ni medio, pero la cara del otro lo decía todo. Cara de culo, de poto, de orto. Una cara de mierda. Me dio igual, total, estaba demasiado borracho como para sentirme incómodo por eso. Me fui al baño para dejarlos hablar tranquilos. En el trayecto me encaró un brasilero feo. Le sonreí amablemente y le dije que estaba con mi novio, señalando al alemán lindo. Proyecté, claro está.
Cuando volví, el tipo me dijo que ya estaba todo arreglado, que a su novio no le molestaba vernos juntos, que podíamos irnos los tres al hotel y ver qué pasaba.
Le dije que no, que una vez había tratado de hacer un trío con una pareja de chicos y todo terminó muy mal, uno de los dos se puso celoso, yo me puse nervioso, no se me paró y los tres terminamos a las puteadas. Un horror, una experiencia irrepetible.
El rubito reaccionó a mi explicación como si no hubiera existido, e insistió con su invitación. Luego comenzó a besarme el cuello delante del otro. Nada le importaba. Su borrachera y su calentura eran más fuertes que cualquier otro sentimiento. De amor hacia su novio, por ejemplo. De respeto hacia el mantenido, por decir. No hubo nada de eso. El chico siguió besándome, tocándome y diciéndome cosas al oído. Cosas chanchas en un inglés duro y entrecortado. Un inglés alemán. Un acento irresistible.
No pude negarme, obvio.
Los subí al auto y manejé hacia San Telmo, a su hotel súper-chic-ultra-gay-moderno-sofisticado. Un hotel al que nunca llegamos, porque a la altura de la Casa Rosada, el edificio público que mi presidenta iluminó de manera híper marica, me llevé puesto el cordón de la acera, una especie de veredita que oficiaba de división de calles –o algo así- en medio de la rotonda que circunda la fucking Casa Rosada. El golpe fue demoledor, y la base de mi auto comenzó a perder diferentes líquidos negruscos que desconozco, hasta que del motor salió un humo espeso y casi explotamos. Los dos maricas alemanes y yo, el más puto de todos los porteños, por poco no contamos el cuento.
Y vaya si merecíamos un castigo, porque lo que no conté es que, mientras girábamos a la rotonda, yo me encontraba en el siguiente estado: alcoholizado, sin mis anteojos reglamentarios de manejar, muy al palo, con la bragueta baja, con el tipo malo tocándome la pija desde el asiento de atrás y el tipo bueno chupándomela desde el asiento de al lado. Y una mano en el volante y la otra debajo del pantalón del chico lindo.
Froilan froilan. Strugen stragen. Salchicha alemana completa servida al plato en doble ración con papas incluías. Y cerveza, mucha cerveza en el cuerpo, en la cabeza, en el cerebro. Tanto alcohol que no pude ver nada, no logré darme cuenta de lo que estaba pasando hasta que sentí el golpe seco y vi el humo saliendo del motor. Horrible, asqueroso, vergonzante.

Después vino la parte más bizarra y espantosa de la noche. Sacarnos las manos de la partes, abrocharnos los pantalones, salir del auto, comprobar que todo era un desastre, llamar al servicio mecánico y esperar, con esos dos extraños que impusieron su amabilidad y se rehusaron a dejarme solo, los cuarenta y cinco minutos que tardó en llegar el maldito remolque.
¿Y qué creen que me dijo el alemanote guapo cuando vinieron a buscarme y quise despedirlos?
No te vayas, por favor, ven a dormir con nosotros al hotel, que todavía me quedé con ganas.
No le pegué una trompada porque estaba demasiado cansado, arrepentido y preocupado. No lo pueteé porque no tuve fuerzas ni ganas de pensar en otra cosa que no fuera mi fucking auto chocado, el estúpido remolque y la manera en que llegaría al taller mecánico; cuánto me iba a costar el arreglo de ese auto importado que debía cambiar urgentemente por uno nacional si no quería entrar en quiebra y como llegaría, sano y salvo, con todo resuelto, a mi casa, al otro lado del mundo, un miércoles de agosto a las tres y media de la madrugada.

Ahora estoy escribiendo esto en una bar cercano al taller mecánico donde dejé mi auto anoche. Son las cinco de la tarde del día siguiente. El tipo del taller me dijo que el arreglo sería muy costoso y demoraría más de lo normal, dado que el auto es japoné y los repuestos no se consiguen porque en nuestro país las importaciones están momentáneamente bloqueadas (gracias Cristina).
Me quedé sin auto, sin plata y sin autoestima. Me siento la criatura más estúpida del planeta. Y para colmo, hoy le miento a mi familia para que me den otro auto, y así poder salir esta noche, volver a emborracharme y seducir nuevamente a un extranjero apetecible.
No aprendo. Sigo caliente y no aprendo. Soy hombre, soy joven, soy idiota. Y mientras escribo estas pavadas, pienso seriamente en la posibilidad de castrarme. Sería, quién sabe, la decisión más inteligente de mi vida.

martes, 16 de agosto de 2011

Tonto y retonto

Recién, un extraño que pretende salir conmigo me pidió que me describiera, y decidí escribirle esto.
Por supuesto, el tipo en cuestión huyó despavorido.
Así soy, pues, demasiado honesto para ser inteligente.
Yo, feliz. La soledad me sienta mejor que nunca.
Estoy tan a gusto conmigo mismo, que no la cambio por nada.
Va el texto, mis queridos curiosos:

Mi nombre es Luis. Tengo treinta y tres años, soy periodista y escritor.
Vivo en San Isidro, trabajo desde mi casa. Vivo solo, en el mismo edificio que mi madre.
Tuve una sola relación importante en mi vida, que duró ocho años y se terminó hace nueve meses.
Ahora estoy solo y muy contento con ese estado, aunque no descarto conocer a alguien relativamente normal, más o menos guapo y que me divierta. Si eso ocurriera, podría llegar a darme la posibilidad de meter a un extraño en mi cama, de invitarlo a mi casa y pasar un tiempo considerable a su lado.
Pero soy bastante escéptico al respecto, y no creo que eso ocurra.
Más bien asumo que el amor en mi vida es algo que ya pasó, que fue muy lindo, que me hizo relegar muchas cosas y disfrutar de tantas otras, pero que para mí será harto complicado, sino imposible, volver a amar.
Mientras tanto me entretengo, salgo bastante con mis amigos y amigas, disfruto más que nunca de ir a comer en grupo y hasta me animo a ir a discotecas de todo tipo.
Por lo demás, acudo al gimnasio con cierta regularidad, manejo todo el tiempo, soy lampiño, estoy muy apegado a mi familia, vivo afuera del clóset, soy fanático del cine y algo enfermo de la literatura.
Eso es todo, amigo.

Anoche...

Me volvió el alma al cuerpo, con el fabuloso Andy Bell

Va un poquito del concierto de Erasure en BA:

http://www.youtube.com/watch?v=XzPfepNJQsE

lunes, 15 de agosto de 2011

Esta noche...

¡Erasure en Buenos Aires!

Oh L'Amour
Broke my heart
Now I'm aching for you
Mon amour
What's a boy in love
Supposed to do

miércoles, 10 de agosto de 2011

El rey de la nieve


Sí, soy yo, desde Bariloche.
Hace mucho frío, y no me gusta como me veo en mi ropa de esquí.
Pero algunas me pidieron fotito, así que se las dejo.
Hoy corrí carreras, y gané. Sí, esquío de manera profesional, desde chiquito.
Era uno de mis secretos mejores guardados, ¿cierto?
Love you all!

lunes, 8 de agosto de 2011

Cerrado por vacaciones


Me voy a esquiar con mi familia, como cada segunda semana de agosto.
Me largo de aquí, a descansar de las locuras de Lima limón y las vulgaridades de su farándula.
Ya estuvo bueno.
¿Si regreso? ¿Cuándo?
No lo sé, no lo tengo claro, así que porfa no se molesten en preguntar.

Gracias a los lectores fieles, educados y respetuosos.
Al resto, sigan revolcándose en su chiquero, y sean muy felices.
I´m done.

pd. como verán en la carta que adjunto, tengo cosas mucho más importantes que hacer en lugar de ponerme a pelear con Carlinas, Peluchinas y Baylynas, todas locas de clóset al mejor estilo limeño...

viernes, 5 de agosto de 2011

Colgado de la palmera



Estoy borracho en el depa de mi madre.
Desde el quinto piso de su balcón, miro la palmera que invade el coqueto living de San Isidro.
Hoy viernes no hice nada productivo.
Desperté a la una de la tarde, tomé café frente a la compu, me limé las uñas, contesté algunos mails, me vestí de una manera absurdamente elegante (como si tuviera algo que hacer, un lugar a donde ir) y partí a vagabundear con el auto.
El sol, tan preciado en este invierno de locos que parece esandinavo, se asomó imponente y me quemó la mirada. Tengo que aprovecharlo, pensé, y manejé cuesta abajo, hacia el apacible Río de la Plata.
Me senté en un bar de windsurfistas, un criadero de potros cuaerazos, y pedí una Stella Artois de las grandes. Contemplé el río con una paz absurda, un relajo que no se condice con mi situación actual. Debería estar preocupado, lo sé, por los miles de males que me aquejan y prefiero no enumerar.
Sin embargo, en esta tarde de sol nada me importa, todo me chupa un huevo, el mundo y sus problemas mundanos me tienen sin cuidado. Es viernes, se acerca el fin de semana y la alegría de estar vivo, sano y libre me invade de una forma inusitada.

No fui al gimnasio.
No retiré mis estudios médicos.
No pagué los gastos de mi depa.
No lavé el auto ni le hice el service.
No concreté ninguna reunión de trabajo.
No escribí ni medio capítulo de mi nueva novela.
No visité a mi abuela.
No fui a buscar a mi sobrina al colegio.
No llamé al dentista para acordar una cita.
No hablé con mi contador.
No entregué los libros que debía entregar a los power players literarios de Buenos Aires.
No mandé por correo mi novela a Madrid.
No hablé con los organizadores de la feria de Santiago, que me quieren llevar a Chile.
No me hice ni masajes, ni limpieza de cutis, ni manicura ni pedicura.
No me afeité.
No me bañé.
Ni siquiera me peiné.
Pero me puse un saco lindo y me senté en un bar lleno de chicos lindos a tomar cerveza y, mientras me emborrachaba duro y parejo, chateaba desde el Blackberry con mis amigos y amigas, planeando la joda del fin de semana.
El lunes será lunes y todo volverá a ponerse gris y pesado.
Pero hoy es viernes, gracias a Dios es viernes, y los viernes nada debe importar más que relajarse con amigos y familia.
Por eso subí al depa de mi madre, borracho como estoy, a darle un abrazo y conversar con ella frente a su palmera y dejar que me cuente todo sobre sus peleas con la empleada, que me detalle las nuevas ofertas del super o se queje por los altercados con su novio y las locuras de mi abuela.
No me interesa nada de lo que dice, por supuesto, pero estar a su lado me produce una paz indescriptible, una sensación de protección que parece lo más cercano al seno materno.

Ahora son las seis de la tarde y el fondo de la palmera comienza a ponerse de color anaranjado.
El atardecer se hace noche, mi madre se enfunda en su pijama a rayas y yo bajo a mi depa a cambiarme.
Me voy a bañar.
Me voy a afeitar.
Me voy a maquillar.
Pero no para hacer algo productivo, no para quedar bien ante nadie ni presentarme en una de las tantas hipócritas y aburridas reuniones de negocios que tuve a lo largo de la semana.
Me voy a arreglar para mí mismo. Para salir, seguir emborrachándome y agradecer a la vida todo lo que tengo.
Y a Dios, porque es viernes.
Thanks, god, it´s friday!

lunes, 1 de agosto de 2011

Bendita Ternura

¿Por qué en Perú nadie se ha dado cuenta de que Beto es uno de los mejores poetas contemporáneos?

A las citas me remito:

Todo lo que quisiera con orgullo extravagante es que me amaras. Que le dieras a mi carne fatigada la ocasión de envejecer perfectamente entre tus manos.

Beto Ortiz, Maldita Ternura

Venga, vengador. Es tu turno, ahora. Regresa aunque sea para despedirte. Siéntete en casa en este páramo y espera que lo peor haya pasado.
Y conviértete en nadie. Y una vez que lo hayas logrado, vénganos. Vénganos en tu reino. Aprovecha que ahora piensan que estás muerto, que no saben que aún existes. Que aún hierves, que aún ardes. Que aún jodes y maldices. No dejes que mueran sin decirte adiós.
Olvídate del tiempo. Límpiate el rostro de escupitajos. Desinféctate. Descaráchate. Cicatrízate. Pero regresa.
Todavía eres tú, el rey del despecho, todavía eres tú.


Beto Ortiz, Maldita Ternura