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martes, 26 de julio de 2011

Mi chica peruana



Quiero estar en Miraflores, y que aquella semana de locura se convierta en un año, en dos o tres.

Quiero sentir eso que ustedes llaman frío, eso que para nosotros es un clima primaveral con el que da gusto salir a pasear.

Quiero, si se puede, si no es mucha molestia, caminar por el Parque Kennedy con el paso lento, apesadumbrado, observando con cierta ternura y algo de envidia a las decenas de jovencitos que allí se juntan a huevear, a chapar, a lo que sea.

Quiero ir a la sandwichería La Lucha y pedirme un especial de lomo saltado con todas las salsas posibles, unas papas con salsa tártara y un jugo de piña, naranja y fresa. Quiero comerlo en la barra y detener la vista en la cartelera llena de periódicos y reírme porque salgo en la portada de unos cuantos, mientras me pregunto dónde han quedado la decencia y el buen gusto que mi madre se empeñó en transmitirme.

Quiero pasar por la churrería Manolo y clavarme (así le decimos en Buenos aires a los atracones de comida) todos los churros que pueda, embadurnados con chocolate caliente, y ver cómo el estómago me dice basta, se queja, pide clemencia, y a mí no me importa nada porque sé que aquel puede ser un momento irrepetible y no estoy seguro de cuándo volveré a vivirlo.

Quiero sentarme en la pollería Kirico, frente al parque Kennedy, pedir una ensalada de pollo bien sazonada y una porción del choclo más grande el mundo, el más delicioso y fascinante choclo que jamás se haya visto. Y mientras como mi ensalada, dejo que el camarero me engría, que me cuente su vida entera y me ofrezca, como cortesía, una sabrosa chicha morada.

Quiero caminar por una avenida apacible hasta el Larcomar, dar una vuelta por las tiendas, toparme cara a cara con el mar del Pacífico y pensar que algún día tendré el valor de arrojarme en parapente.

Quiero caminar por el malecón un día de semana, cuando la gente parece estar demasiado ocupada para andar paseando frente al mar, y soñar con que algún día viviré en Lima y tendré un depa ahí mismito, con una deslumbrante y abrumadora vista al horizonte infinito.

Quiero caminar por el centro de Miraflores y tomarme cuatro cervezas seguidas mientras converso con el editor de un importante diario peruano que me cuenta uno a uno, entre risas y carcajadas, todos los chimes de chollywood.

Quiero entrar a un casino rimbombante y sentir que estoy en el no país, en la no región, en el no distrito, y perderme entre los jugadores de todas las razas y colores que dejan la vida en una ruleta.

Quiero ir al súper Vivanda a las tres de la madrugada y comprarme una Inkacolita helada, unos chocolates La Ibérica y un balde de piña pelada y cortada en pedacitos.

Quiero pasar a buscar a Beto por el hotel un sábado a mediodía, ir a almorzar, reírme y llorar con sus historias y caminar juntos por Benavides ante la mirada atónita, inquisidora o simpática de los demás transeúntes.

Quiero ir al Ovalo Gutierrez y bajarme del taxi para que me tomen fotos al lado del cartel gigante que han puesto sobre una librería para promocionar mi nueva novela.

Quiero caminar por la calle y que la gente me grite ¡Corbacho!, que las señoras se acerquen a darme besos y me digan que están de mi lado.

Quiero estar ahí y no estar acá.

Quiero creer que ése puede ser mi destino, que soy un errante vagabundo que no encuentra su lugar en el mundo, un eterno inmigrante que no soporta estar más de tres meses en su ciudad porque se aburre, porque estando cerca de su familia los problemas se multiplican o porque está harto de soportar la economía de un país que no tiene remedio.

Quiero estar en Miraflores, caminar por Miraflores, vivir en Miraflores.

Porque Buenos Aires es un chica linda, pituca, muy fría y altanera. Es tan creía que nadie la soporta, tan frívola que nunca se relaja, tan bella que a veces dan ganas de pegarle y mandarla al carajo.
Como ahora, que llevo menos de dos días aquí y ya la detesto.

Extraño a mi chica peruana, a la cálida Miraflores, y mientras escribo esto me pregunto si aún estoy a tiempo de recuperarla.