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sábado, 23 de julio de 2011

Hasta pronto



Iba a decir adiós, pero preferí no usar esa palabra tan triste.
Las despedidas no son mi fuerte. Soy como un niño caprichoso que no sabe comprender por qué todo concluye al fin.
Ahora ando medio medio.
Espero en el aeropuerto de Lima, me tomo fotos con la gente, saludo a los que me gritan ¡Corbacho! como si realmente me quisieran.
Debería sentirme contento. El viaje fue un éxito, la presentación del libro no pudo haber estado mejor.
Sin embargo, me encuentro algo tristón.
Este mediodía, antes de partir, almorcé con Beto en uno de los restaurantes de Gastón.
Estuvimos solos, tres horas, hablando de la vida. Me contó todo lo suyo. Le conté todo lo mío.
Y por momentos nos quedábamos callados, mirándonos a los ojos.
No hay nada sexual en lo que digo, no me malentiendan.
Aunque sí hay romance, un crush que se siente pocas veces en la vida ante esas personas capaces de embrujarnos con sus palabras.
Fue duro despedirme de Beto, abrazarlo en la puerta del hotel y no saber cuándo volveré a verlo.
Un amigo así no aparece todos los días. Una conexión semejante se da pocas veces en la vida.
Beto para mí es Lima y mi nuevo libro y la feria y todo el cariño de tanta gente que jamás olvidaré.
Por eso ahora tengo ganas de llorar, aunque me contengo porque estoy en un aeropuerto y no conviene ponerse melancólico.
Guardaré mis lágrimas para Buenos Aires.
Y cuando esté solo, helado, en mi depa casi vacío de los suburbios porteños, voy a llorar como un tonto hasta que se me sequen los ojos.
Chau Lima, chau Beto, chau a todos los peruanos y peruanas que me quisieron como pocas veces en la vida.
No voy a decirles adiós, porque lo último que se pierden son las esperanzas.
Les diré hasta pronto, hasta la vueltita, los veo luego, a mi regreso.
Ojalá me extrañen y quieran que vuelva.
Ojalá, mi Beto querido, me recuerdes y me escribas mucho y sepas que tus pequeños grandes gestos me han hecho, al menos por una semana, el chico más feliz del mundo.