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martes, 28 de junio de 2011

I was born this way…



Hace más de veinte años, cuando tenía doce, fui al peluquero y le pedí que me rapase la cabeza. Salí de ahí pelado, como un cadete del ejército, pero feliz porque no tendría que volver a lidiar con mi pelo enredado cada día, antes de ir al colegio.
Al llegar a casa, mi madre estaba molesta, gritona, con cara de amargada. Le pregunté qué le pasaba. No me contestó. En ese momento me quedé con la intriga, no supe cuál era su problema, qué la tenía tan malhumorada. Ahora, con el tiempo, presumo que se trataría de mi padre, de alguna de las mil y una cagadas que se mandó a lo largo de su vida.
Pero aquel día no entendí nada. Mi madre me regañó, me trató muy mal, horrible, y cuando la enfrenté
–porque ya desde chiquito tenía ese defecto de no saber quedarme callado- me dijo, a los gritos, que mi corte de pelo había quedado espantoso, que fuera al espejo del baño y me mirara la narizota y las orejas de elefante que había heredado de mi padre.
Fue lo más feo que me han dicho en la vida. Tanto, que pasan los años y sigo recordando aquel episodio como si hubiera ocurrido ayer.

Después, claro, vino el trauma. La herida quedó abierta, nunca pudo cicatrizar. Será por eso que hasta el día de hoy tengo problemas con mi aspecto. Debe ser a causa de las inseguridades transmitidas a través mi madre que me sigo mirando al espejo con miedo, pensando en los retoques que debería practicarme, o voy aterrorizado a las sesiones de fotos que pretenden inmortalizar mi complicada fisonomía.
Sin embargo, todavía no me atrevo a ingresar a un quirófano para resolver cuestiones estéticas. Será la desidia, la pereza o la falta de convencimiento -de motivación para verme más guapo- lo que me frena a cambiar, de una vez por todas. También, claro, el terror a quedar aún peor de lo que estoy ahora.

A veces sueño con lo genial que sería verse guapo. Que la gente se pare a mirarte por la calle, que todos los chicos caigan rendidos a tus pies. Pienso en lo fácil que transitaría la vida de esa manera. En las puertas que se abrirían, en lo relajado que me resultaría andar así, espléndido, y hacerme fotos sin culpa, ir a la tele sin el más mínimo temor al ridículo.

Pero las cosas no son como uno quiere. La realidad es dura, el espejo no miente.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Pienso en la respuesta y me acuerdo de Lady Gaga, del reportaje que leí esta mañana sobre ella y su fenomenal éxito A PESAR DE… (así decía la nota) su tremenda fealdad.
Gaga, en el primer corte de su nuevo disco, Born this way, dice que es bella a su manera, que Dios no comete errores y que todos debemos aceptarnos tal cual somos, ser felices con nuestra mounstruosa fealdad y no regirnos por los modelos de belleza impuestos desde los medios.
¿Quién se traga ese sapo? ¿Acaso Valeria Mazza es rica y famosa por su horripilancia? ¿Será que si estoy en una disco gay, llega Brad Pitt y se para a mi lado, vendrán más chicos a levantarme a mí, por mi belleza -digamos, exótica- que a él, por su evidente sex appeal? ¡No way, José! Las cosas como son. Las supervivencia, en este mundo, es de los más guapos (recomiendo un libro ad hoc, de Nancy Etkoff).

Mientras tanto nosotros, los orejones narizones, los flacos estilo larva, los excedidos de peso, los bajos muy chatos, las flacas muy chatas y todo el zoológico que no se parezca a los envidiables –y odiables- Bradgelina, nos conformamos con las sobras de los lindos, con los elogios al alma y los halagos al corazón, y vemos cómo una fea, la más fea de todas, conquista el mundo con sus canciones, hace gala de su exagerados rasgos y nos da una lección de estética transgresora.
¿Seremos capaces de aceptar, como Lady Gaga, que somos bellos a nuestra manera? ¿Ustedes, qué opinan?


pd. La ilustración que engalana este escrito es obra de la genial artista y diseñadora Sandra Pelligró, que además de talentosa e inteligente, es mi mejor amiga y será quien, dentro de dos semanas, viaje conmigo a Lima.
Pueden ver más de su trabajo en http://www.flickr.com/photos/sunshinelollipop22/