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miércoles, 15 de junio de 2011

I kissed a girl… ¡y me gustó!



El sábado besé a una chica. No era la primera vez, claro, pero hacía mucho tiempo que no probaba. Años, casi diez.
El beso inicial sucedió a los diecinueve, con mi primera y única novia. Soledad, la chica en cuestión, tenía dos años menos que yo y todavía estaba en el colegio. Era la hermana de mi mejor amigo. Era del Opus Dei. Yo, todavía, no era la loca escandalosa que soy ahora. Ella y toda su familia, actualmente, deben odiarme y sentir vergüenza de mí, porque han dejado de hablarme y hacen de cuenta que no existo.
La cosa es que Soledad besaba de mil maravillas. Tenía una boca grande, muy sensual, y unos ojos celestes que me encandilaban con su mirada. Cuando nos besábamos en mi auto, los viernes y sábados por la noche, yo me ponía todo duro y ni se me pasaba por la cabeza la idea de ser gay. Sin embargo, nunca llegamos a hacerlo. En un año de relación no pasó nada, no hubo sexo de ningún tipo, no alcanzamos la segunda base ni mucho menos la tercera. Cero punto cero.



Luego vino Camila, con la que salí menos de un mes y quien hasta el día de hoy es una de mis mejores amigas. Con Cami no hubo buenos besos, no hubo química. Cami quiso acostarse conmigo a la semana de conocerme. Será por eso que cortamos.
El último beso femenino que recuerdo ocurrió en una fiesta de la revista para la que trabajaba. Estaba tan borracho que terminé enrollado con la columnista de sexo, una pelirroja infartante que ahora es famosa, presenta noticias en la tele y sale con el ministro de economía de mi país. Bien por ella, que triunfó. Mal por mí, que ni siquiera pude complacerla una noche, cuando nos besamos hasta el hartazgo, fuimos a su depa y, en el momento clave, yo comencé a vomitar.
Nunca supe si era la borrachera o su intimidad al desnudo, frente a mí, pero el punto es que no lo hicimos, que nunca lo hice con ella ni con ninguna otra mujer. Soy virgen, sí. Virgen de chicas, aunque suene increíble.

¿Y qué pasó el sábado?, se preguntarán. Es cierto, besé a una chica. Lo admito, la toqué más de la cuenta. Confieso, froté sus bubbies contra mi pecho y me gustó.
La ignota en cuestión, de la que desconozco nombre, profesión o paradero, tenía unos veintipocos, era rubia -muy rubia-, de pelo rizado al extremo, vestía una minifalda negra y un top muy ajustados, exhibía un cuerpo firme -adecuadamente delgado- y hablaba con una voz aflautada que al poco tiempo de intercambiar palabras me resultó insoportable. Pero besaba bien. Y era linda. Y se mostró tan desenfadada que logró conquistarme. Se atrevió a tomar la iniciativa conmigo, no le importó que yo le confesara, en medio de la música bochornosa del antro y con dos tequilas encima, que no me gustaban las mujeres –en el sentido sexual, me refiero.
Nada de eso pareció detenerla. Dijo que amaba a los gays. Dijo que yo era un desperdicio. Aseguró que no parecía una loca. Afirmó que algo de hombría debía de tener, y luego me besó sin vacilar, acarició mi espalda con sus manos suaves, pequeñas, desconocidas para mí, hasta llegar a mi cuello y apretarme contra su preciosa cara angelical. Luego llevó mis manos a su pecho. No me desagradó. Enseguida las condujo a su parte de atrás, lo que me pareció muy excitante. Le acaricié la espalda y más abajo y continué besándola en la boca con cierta pasión. La chica me calentaba, tanto que hasta pensé en invitarla a mi casa.
Pero luego vino la catástrofe. Mi mano en su parte de adelante, mi incomodidad, una impresión desagradable y la confirmación de que soy el puto más puto del mundo. No pude seguir. No logré complacerla. No fui el macho que hubiera querido ser. Sin embargo, aquella situación, lejos de traumarme –como a muchos que ustedes conocen y prefiero no volver a nombrar-, me causó gracia, dio comienzo a una risa incontenible y propició esta frase muy argentina que salió de mi boca, casi sin pensar en lo que estaba a punto de pronunciar. Lo siento, mi amor, le dije. ¿Sabés que pasa? Que a mí me gusta la pija más que el dulce de leche. ¿Me dejo entender?

pd. La chica de la foto es Katy Perry, mi nueva ídola pop, la que inspiró el título de este post y por quien me haría completamente heterosexual.