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viernes, 20 de mayo de 2011

El cuarto heredero


Hoy me convertí en tío por cuarta vez.
Nació León, un precioso varón de poco más de tres kilos, hijo de mi hermano Agustín.
En la foto que pueden ver más arriba, están los otros dos hijos de mi hermano.
Ella es Feli, de nueve años, y él Zach, de cinco.
Feli es la mayor de mis sobrinas, la primera. Recuerdo claramente la tarde en que nació.
Yo salía de dar mi último examen en la universidad, cuando me dijeron que la princesa más esperada había llegado a nuestro mundo.
Corrí a la clínica y ahí la vi, muy rubia, con ojos azules y una belleza poco común en los recién nacidos.
Me enamoré de ella al instante, la tuve en mis brazos por horas y sentí que mi vida había cambiado para siempre.
Nada fue igual con el nacimiento de Feli. Con ella mi hermano se convirtió en un hombre, en un padre del familia al que todos pasamos a respetar y ayudar. Gracias a ella, mis padres fueron abuelos y sus tíos nos sentimos adultos, con una generación más abajo para cuidar y disfrutar.
Luego vino Cata, la luz de mis ojos, y además de tío me convertí en padrino, y más tarde en una especie de padre todo terreno.
Zach, el más chiquito -hasta el día de hoy, claro- llegó a nuestras vidas en un momento oscuro, pero con su sonrisa iluminó todo alrededor y nos dio esperanzas para seguir adelante.
Ahora, una de las cosas que más disfruto en mi vida es cuando los tengo a los tres juntos. Cuando saltamos en la cama, hacemos guerra de almohadas, jugamos a las escondidas, pintamos o vamos al cine.
Cata y Zach salieron deportistas; ella juega hockey con una pasión desmedida y él es fanático del fútbol. A los dos les encanta que los lleve a patinar sobre hielo, y hasta se animaron a tomar clases de esquí con su tío loco el invierno pasado, en Bariloche.
Feli, la más grande, es holgazana como su abuela. No le gusta el colegio, detesta hacer deporte y vive cansada. Pero su pasión son las reuniones sociales, los cumpleaños, las amigas. Es la niña más dulce del mundo, no tiene el carácter fuerte y el espíritu competitivo de Cata -lo que atribuyo a su dura infancia, a la temprana pérdida de su madre- y jamás se pone de mal humor.
Adoro acariciar su pelo rubio, suave, finísimo, y me encanta sacarla a pasear con sus amigas más queridas.
Feli, Cata y Zach le dan sentido a mi vida.
León, el nuevo integrante de la familia, es una incógnita. Habrá que esperar para ver cómo crece, qué le gusta, a quién sale.
Hoy no sabemos nada de eso, pero sí estamos seguros, todos y cada uno de los miembros de este clan, que ha venido a hacernos la vida más feliz, liviana y placentera. Y sobre todo, que su presencia nos dará las energías necesarias para siempre salir adelante. Porque cuando hay niños la esperanza crece, se renueva, y todo vuelve a empezar.
¿Será ese el sentido de la vida?
¡Bienvenido, León!

pd. La perrita de la foto es Mili, "hija" de mi hermana mayor. ¡La quiero tanto como a mis sobrinos!