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sábado, 14 de mayo de 2011

El australiano

Aquel jueves comenzó a las doce del mediodía y terminó a las seis de la madrugada del viernes.
Salí temprano de casa, manejé media hora hasta el microcentro y dejé el auto diez metros bajo tierra.
Luego subí doce pisos y busqué la minúscula oficina del servicio autorizado de Mac. Retiré mi nueva computadora, una MacBook Pro de 15 pulgadas que me trajo mi amigo Jon de Los Angeles, a precio americano. El tipo de la oficina pequeña me enseñó todos los programas que le instaló a mi nueva máquina por apenas 250 pesos. Yo feliz. Viva la piratería. Viva el tercer mundo.
Después manejé hasta el hotel Alvear, en Recoleta, y almorcé con mi madre y su novio en el salón en que ella se casó, hace treinta años, con mi padre. Las vueltas de la vida... Finalizado el exquisito bruch -que por supuesto pagó mi nuevo padrastro- me quedé en uno de los salones del hotel escribiendo las escenas finales de mi nueva novela. Me salió un capítulo sangriento, donde muere un loco en manos de otra loca desquiciada. Cuando terminé, corrí al analista y le conté le escena. Me dijo que yo tenía fantasías asesinas, y que eso estaba muy bien, era muy normal, siempre y cuando se quedara en el terreno de las fantasías (ahora pienso que esto último no puedo asegurarlo, que en realidad nadie puede asegurarlo porque, en el fondo, todos somos asesinos en potencia).
Salí de terapia, más inquieto de lo que entré. Eran las ocho. Pensé en regresar a casa, refugiarme en mi suburbio sanisidrense, cuando recibí un mensaje de mi amiga Sani. Estaba con su hermana, la que vive en Australia, tomando cerveza en un bar de Palermo. Me dijo que fuera. Acepté sin vacilar. Una vez allí, pedí una corona, dos, tres, hasta que me emborraché. En la mesa de al lado un español muy hot conversaba con una chica morena y un rubio medio feo. Fijé la mirada en el gallego, se partía al medio. Pero no me dio bola, siguió en la suya, como si no se hubiera percatado de lo puto que era yo y de lo lindo que era él. Entonces mi amiga Sani, más ebria que yo, les gritó algo que no recuerdo. Los tres se dieron vuelta como para iniciar una conversación. El español lindo clavó sus ojos en el escote de Sani. Supe que todo estaba perdido para mí, aunque me alegré por mi amiga. La chica que lo acompañaba sonrió y nos saludó. Le pregunté si era peruana. Se me quedó mirando, como embobada, y comenzó a gritar. ¡Tú eres Luis Corbacho! La chica, de nombre Jerly, me tocaba la mano como si yo fuera alguien famoso y repetía, cada dos segundos, la siguiente frase: El Perú está contigo. Obviamente, la amé. Charlamos un rato todos juntos, la peruana, el español, el rubio (luego supimos que era chileno y olía mal) hasta que decidimos emprender la retirada.
A esa altura de la noche, siendo más de las doce, yo estaba demasiado borracho como para irme a casa. El trago me había puesto caliente, festivo, con ganas de más. Mi amiga estaba igual, así que juntos nos subimos al auto, dejamos a su hermana en el camino y entramos a Glam, un boliche gay porteño que los jueves se pone de maravilla.
Era temprano, tanto que el lugar estaba vacío, con las luces ultravioletas girando solitarias y rebotando en las paredes, todavía desoladas. Fuimos a la barra y pedimos dos speed con Vodka. Pagamos una diferencia para que nos sirvieran Absolut en lugar de alcohol nacional (viva el tercer mundo, segunda parte). Sonaba Kylie de fondo, la canción Get Out Of My Way, y en la pantalla gigante proyectaban la versión gay del video, con una decena de chicos musculados en cuero bailando, mostrándolo todo, y haciendo lipsinging sobre el tema de la diva australiana. Mientras miraba embobado el video, le dije a Sani que a mí solo me calentaban ese tipo de chicos, que ya no tenía ganas de estar con gordos babosos, con viejos inteligentes, y que a esta altura de mi vida lo único que me motivaba era un buen pedazo de carne bien formada, como la de esos dioses del olimpo que bailaban sobre el proyector. Sani asintió, sin decir nada. Entonces acoté que, para estar con chicos así, uno debe ser así. Y que yo debía, urgentemente, regresar al gimnasio para quedar como ellos. Mi amiga puso cara de aburrida, como diciendo: ¡basta con la misma cantaleta!
Luego vino un video de Rihanna y se agotó el tema. La morena cantó, Because you make me feel, like I´m the only girl in the world, y yo me puse a bailar, solo como la loca ridícula que soy, hasta que vi a un tipo alto al lado de la barra, observando con gracia -o pena- mis estúpidos movimientos. Me dio tanto roche la situación que volví al rincón, junto a mi amiga.
Pero el chico siguió mirando. Y yo miré más. Y me gustó tanto que fui a la barra a pedir otro trago. Y estando cerca pude dar cuenta de su belleza. Ojos de un azul intenso, raro, casi como el mar; una cara de rasgos perfectos, medio inocentes, algo aniñados; un cuerpo delgado pero no tanto, no el extremo larva que soy yo y tanto me disgusta en otros hombres; y su altura... su altura era todo. Pocas veces un chico es más alto que yo. Son contadas las ocasiones en las que debo mirar hacia arriba para besarlo. Y esta era una de esas. Dios, que alto era el condenado...
Cruzamos nuestras miradas y yo, completamente pasado de alcohol, estreché su mano y me presenté, directamente en inglés, asumiendo que no se trataba de un especímen de mi tierra. El tipo, de camisa negra entallada, pantalón al tono medio pitillo y botas de cuero, sonrió de una manera desprovista de maldad y dijo: I´m Dave, from Australia. Nice to meet you, Luis.
Me enamoré en el instante. Me contó que era abogado, que tenía veinticinco años y estaba viajando por Argentina junto a sus padres. Quise decirle que lo amaba, pero me pareció algo precipitado. En lugar de eso, le invité un trago y se lo presenté a Sani, que le habló de lo mucho que le gustaba Australia y del reciente casamiento de su hermana en Sidney.
El lugar se llenó de gente. Nos pusimos a bailar más canciones de Kylie, de Lady Gaga y Katy Perry. Todo muy homosexual.
En eso, un grupo de chicos amanerados comenzó a tomarme fotos con su celular. Me miraron, se rieron entre ellos. Los saludé, se quedaron duros, de piedra. ¿Eres o no?, preguntó uno. ¿Marica?, le contesté. Soltaron una carcajada. Ya, dinos, tú eres Luis Corbacho, ¿cierto? No, ¿quién es ese idiota?, seguí bromeando, mientras el australiano observaba la escena con cierto recelo y sin entender qué pasaba, por qué esas locas me miraban y me tomaban fotos. Uno me dijo: mi novio te ama, y yo me pregunté si eso no debiera estar mal, si no debiese amarlo a él en lugar de amarme a mí, y si es cierto que me ama a mí por qué él, su pareja, me lo cuenta con tanta gracia. Entonces otro soltó la frase del millón: Luisito, el Perú está contigo, dijo.
Me puse contento, eufórico. Nada me alegra más que el cariño de esa gente, aunque luego pienso que si se encontraran al loco le dirían lo mismo. En fin, que los chicos me pidieron la foto de rigor, yo posé con cara de tonto -la de siempre- y se fueron contentos.
El australiano preguntó por la foto. Le dije que eran amigos, para no entrar en detalles. Luego seguí bailando, como si nada, y en medio de una canción retro de los Pet Shop Boys, lo agarré de la cintura y le di un beso largo. Nos quedamos así, prendidos boca a boca en medio de la pista, dos tipos de casi un metro noventa de estatura, expuestos ante la mirada de todos los presentes. Aquel momento de gloria se extendió con caricias en el cuello, besos en la oreja y mi mano yendo, de a poquito, más abajo de su espalda.
Le pedí que fuéramos arriba, a un rinconcito más privado, bien oscuro, destinado al toqueteo. Me siguió sin decir nada. Nos acomodamos contra una columna, yo apoyado sobre la pared y él en frente de mí. Le besé mucho el cuello, casi de manera desesperada, mientras acariciaba sus brazos, sus hombros, su espalda, y le tocaba el culo como apretujándolo contra mis caderas. El chico metió su mano adentro de mi pantalón, me frotó un poco, y hasta ahí llegamos, porque el lugar no daba para más. Intenté recomponerme, tomar un poco de cordura para no rebajarme a exponer en público mi desesperada calentura. Lo invité a mi depa. Dijo que era lejos, que prefería su hotel. Le pregunté si no estaba con sus padres. Me dijo que sí, pero que dormían en cuartos separados, en una suite de tres ambientes. Le dije que no me parecía adecuado ir a hacer la chanchada en una habitación contigua a la de sus progenitores. El chico insistió, argumentando que se trataba de una familia moderna y que el tema de los novios o los amantes ocasionales ya estaba conversado, que podía llevar a quien quisiera sin recibir reprobación alguna. Me sorprendió la apertura de aquella gente, pero claro, por algo eran australianos.
El alcohol y la calentura superaron al pudor, y decidí embarcarme en la aventura oceánica. Una vez en la suite, consagramos un revolcón estupendo, silencioso -me daba terror despertar a los padres- y nos quedamos abrazados en esa cama de sábanas blancas, suaves, impolutas hasta hace un momento. Le pregunté si tenía novio, me dijo que no. Me preguntó qué había de mí, le contesté que mejor se lo explicaba en otro momento, cuando tuviera varias horas y mucha paciencia en escucharme. Se rió. Me preguntó si alguna vez había estado enamorado. Le dije que sí, que una sola vez, que había sido muy fuerte, muy intenso. Le pregunté si a él le había pasado lo mismo en su corta vida, a lo que respondió que no, y luego soltó la bendita frase que me dejó tarado: I´m looking for love, me dijo, mirándome fijamente con esos ojos de un azul intenso. Casi lloro, pero me contuve para no dejar en evidencia a la loca patética que soy.
Quise estirar ese momento por siempre, hasta que el chico lindo me dijo que en unas horas partía de regreso a Sidney. Se me paró el corazón, y volví a la realidad. Busqué esa frialdad que me acompañó todo este tiempo, desde que me separé hasta el día de hoy, ese corazón helado que nunca permite ser lastimado, y corrí a vestirme. Es tarde, le dije, y mañana tengo que trabajar. Fue genial haberte conocido, great sex!, quise bromear. Se rió, y puso cara de no entender mucho lo que estaba sucediendo. Luego me preguntó si tenía pensado visitar Sidney alguna vez. Le dije que por supuesto, que me encantaría conocer su ciudad. Se quedó callado unos segundos, hasta que habló por última vez: Es una pena no haberte conocido antes, me dijo, y yo casi vuelvo a caer en sus garras, a enredarme en su trama romántica y pensar en dejarlo todo para irme con él al otro lado del mundo. No way, me dije, y emprendí la retirada con un saludo distante. En el camino a casa, pensé en lo fácil que resultaba vivir sin amor, y en la inexorable conveniencia de convertir nuestro corazón tonto y apasionado en uno frío e inteligente, un digno y orgulloso corazón de hielo.