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miércoles, 18 de mayo de 2011

Civilización y barbarie

Intento darle forma al final de mi novela en un bar de San Isidro.
Sufro, me cuesta, quiero extender el relato para no llegar al momento de resolución de la historia.
Y de repente, un demonio.
Llega una pareja con un niño y se sienta en la mesa de al lado.
El pendejo (así le decimos vulgarmente a los chiquillos en mi país) no deja de gritar.
Su padres no se inmutan, y yo pienso que son inmunes al bochinche.
Que lo escuchan día y noche, lo sienten tanto y tantas veces a lo largo de su espantosa existencia que ya ni lo perciben. Ya les da igual.
Los miro con mala cara, aunque no se dan por aludidos. El pendejo chilla, patalea, hasta que logra callarse.
Pero nada es gratis en esta vida. Para silenciarlo, la vaca paridora de su madre ha encendido un aparato musical infantil que me resulta insoportable.
No sé qué es peor.
La odio, los odio. Y me pregunto por qué en Buenos Aires se permite la entrada de niños a cualquier bar. Y recuerdo a mi amiga Andy, quien vive en Londres y me cuenta que en esa preciosa ciudad abundan los bares exclusivos para adultos.
Entonces pienso que los ingleses por algo son ingleses; por algo son la civilización.
Y que nosotros, la barbarie, por algo somos lo que somos, y por algo estamos donde estamos.
¿Podremos evolucionar algún día?
¿Estaré vivo para verlo?