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martes, 3 de mayo de 2011

The big love


Con treinta y tres años recién cumplidos, hice tantas cosas a lo largo de mi vida que a veces me siento viejo.

Entré a trabajar en la primera redacción a los 18.
Terminé la universidad a los 22.
Salí del clóset a los 23.
Dirigí una revista a los 23.
Me enamoré a los 24.
Escribí mi primera novela a los 24.
Me fui a vivir a Miami a los 25.
Cumplí mi sueño de trabajar en Vogue a los 26.
Tuve mi productora de televisión a los 27.
Recorrí el mundo a los 28.
Asistí al entierro de mi hermana a los 29.
Cumplí treinta enamorado, conviviendo con mi novio y miles de proyectos en común.
A los 31 fui testigo de la adicción a las patillas del hombre al que amaba.
A los 32, él me dijo que le quedaba poca vida y luego anunció que sería padre otra vez.
A los 33, lo desterré finalmente de mi vida y me di cuenta de que todo era una farsa, que la corrupción y la doble moral dominaban mi pequeño mundo.
Ahora no tengo ganas de volver a enamorarme con la pasión y la entrega que revelé en el pasado.
Ahora creo en pocas cosas, y aunque algunos aseguran que me veo joven, yo me siento más viejo que nunca.
A veces siento que hice todo, que ya nada me motiva.

Sin embargo, hay un amor que nunca cambia y siempre me devuelve las ganas de vivir.
Es un amor incondicional, una incondicionalidad de mi parte que solo los padres (no todos, y me remito a un ejemplo cercano...) y las madres pueden sentir hacia sus hijos.
Es un amor al que le doy todo sin pedirle nada a cambio.
Ella podría comportarse mal, ser caprichosa, engreída, tratarme de la peor manera... Y yo nunca dejaría de amarla.
Jamás podría separarme de ella, dejar de pensar en lo que necesita, en como se encuentra, que siente, si extraña a su mami, si le va bien en el colegio, si tiene amigas, si es feliz.
Sería capaz de renunciar a todo por ella.
No habría otro amor o ambición que pudiera alejarme de sus ojos inocentes.
Tendría que volverme loco, perder la razón, para distanciarme de su sonrisa angelical.
Cuando la abrazo y le beso los cachetes todavía regordetes vuelvo a la vida, me siento joven, fuerte y con ganas de protegerla de todo.

Cata, mi amor, te ruego que nunca me dejes solo.
Yo prometo cuidarte y quererte hasta el último de mis días.
Tú prométeme que nunca, jamás, me pedirás que desaparezca de tu vida.
No creo tener la maldad suficiente como para volverme loco y botarte de mi casa.
Porque mi amor hacia ti es único.
Porque tú eres mi big love, y eso no lo cambio por nada.