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domingo, 3 de abril de 2011

Pobrecitas...

Las niñas están devastadas.

Ni me lo quiero imaginar. Primero la humillación pública de dejarlas en la calle ante los ojos de todo el país, y ahora la foto de los tres en el periódico.

¿Hacía falta?

Pobres niñas, lo que estarán sufriendo, sin casa y con ese padre...

Seamos honestos, yo me río con todo este circo, dejo que me insulten y me hago la loca despechada porque mi madre ya está a salvo viviendo con su novio en otra zona de la ciudad y mi sobrina, por suerte, está al cuidado de su padre (gracias a Dios puedo visitarla a diario).

Pero las niñas se han quedado en Lima, viviendo en carne propia toda esta basura y habiendo sido desalojadas del depa que con tanto cariño decoraron y amoblaron, el lugar que sentían suyo, donde invitaban a sus amigas, hacían fiestas, armaban reuniones familiares, proyectaban un futuro...

Y ahora todo ha quedado en nada.
Por ellas, en parte, tengo que seguir haciendo justicia y mostrándole al mundo la clase de persona que es esa enana arribista.
Porque ellas no pueden defenderse, no tienen armas, no quieren exponerse en los medios y no saben como salir a hablar on la prensa.

Pero yo sí sé hacerlo, y vaya si mi mensaje ha llegado a todas partes.
Y no me voy a detener, porque si mi familia ya está a salvo, no me importa lo que el loco empastillado pueda hacerme. No sabe dónde encontrarme, soy escurridizo, tengo dinero para viajar, no estoy atado a compromisos, trabajo de manera free lance, alguna gente me apoya y mi principal arma es la palabra.

Así que, mientras pueda, seguiré haciendo de las mías. Y nadie va a callarme.
Prepárate, watona pasiva, porque todavía no saqué a la luz mi librito sobre tus chanchullos políticos.
Recuerda que yo no pertenezco a nadie. Que a mí en Perú nadie me paga ni me contrata, así que puedo hablar con total libertad de lo que me dé la gana.
Y me enfrento a tus aliados, pongo en su lugar a las Magalys y a tus amiguitos de Frecuencia Marica.

Tengo mi laptop para trabajar, mis manos para escribir, mi cabeza para pensar.
Tengo estudios, una buena familia que me respalda, algo de dinero en el banco, mucha libertad y, ante todo, tengo mi verdad.

Y nunca, jamás, dejaré de contarla.
Le duela a quien le duela.