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viernes, 29 de abril de 2011

La productora

Ella lava los trapos sucios de él.
No puede vivir sin su amo, sin su estrella de toda la vida.
Nunca hizo nada importante, nunca fue capaz de brillar con luz propia.
Será por eso que se entregó a él en cuerpo y alma.

Ella sabe negociar con los malos, embarrarse en el fango.
Él la llama desde su castillo de cristal en Miami para ver como van las cosas en Lima la horrible.
Ella discute con los peces gordos, hace arreglos, firma contratos.

Luego sale a emborracharse con su amiga la chismosa colagenada.
Toma mucho, se descontrola y termina en la cama con un bigotudo presentador de su mismo canal.

Ella se encarga de los invitados.
Consigue testigos falsos y les paga para que hablen mal de la tía Laura.
Él le ordenó destruir a la vieja que lo botó de Telemundo.
Ella obedece y arma un circo perfectamente orquestado.
Triunfan.
Ella compra una casa, una camioneta y monta otros negocios.

Él se vuelve loco por las pastillas y lo botan de la tele.
Ella no sabe qué hacer, ha perdido su mina de oro y no tiene más remedio que regresar a su negocio de belleza.
Los dos se sienten inquietos.
El no puede soportar estar fuera de la campaña.
Entrevista cubanos ignotos en Miami por medio punto de rating.
Se encuentra desolado, ha perdido su estrella.

Ella lo representa en Lima la horrible.
Muestra las fotos del nacimiento, dice que la pareja está más feliz que nunca.
Sabe que en Miami las cosas no son como parecen, pero maneja a la perfección el trato con la prensa peruana.
Él monta una boda.
Ella se encarga de las relaciones públicas justo antes - oh casualidad- del nuevo golpe.

Él habla con su mami y le promete defender la minera.
Su mami le agradece y reza para que él no vuelva a revolcarse con hombres.
Él calcula su siguiente movida.
Ella sigue al pie de la letra las indicaciones.
Entonces vuelve a embarrarse, a negociar con los malos.
A ninguno de los dos le importa que haya un país en juego.
Se creen poderosos, invencibles.

Este domingo darán el siguiente paso.
Pero no cuentan con la inteligencia del pueblo peruano.
Él los llama cholos ignorantes desde su guarida gringa, mientras se asegura de que su nueva hija no sea peruana.
Ella se ríe y junta sus dolaritos para vacacionar en Miami.
Pero es todo tan obvio que la gente se da cuenta.
El pueblo ha despertado y ya no está dispuesto a comerse otro sapo.
Nadie les cree, el repudio es generalizado.

Ella se enriquece un poco más y monta otro negocio, esta vez en Miami, por las dudas.
Él sigue tomando pastillas y amasando su fortuna.
Quiere comprarse un hígado, unos pulmones, pero no comprende que hay cosas que no están a la venta.
Quiere reconciliarse con sus hijas antes del final, aunque el dinero tampoco puede comprar su perdón, reparar tanta humillación.

Él no logra convencer al pueblo.
Termina su carrera desprestigiado, con el sello de la corrupción sobre su frente.

Y yo me quedo mirando, desde Buenos Aires o Madrid, cómo los castillos de naipes se desmoronan.
Y me pongo triste, porque todo salió mal, y porque hubiera querido otro final para un loco al que quise mucho.