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miércoles, 9 de marzo de 2011

Limado

En lenguaje porteño, una persona limada es alguien que está loco, quemado, frito.

Yo siempre estuve limado, siempre tuve "un lime" impresionante.
Ahora Lima no sale de mi cabeza.
Estoy limado por Lima.

Hubiera querido permanecer más tiempo en esa melancólica ciudad que disfruté solo dos días y que ya extraño.
Lima la horrible, como le decía un novio que tuve, a mí me parece un lugar fascinante.
Hay algo raro entre esta loca despechada y la capital peruana.

Siempre que estuve ahí me sentí como en casa, cada vez que escucho hablar a un peruano me doy vuelta contento y le pregunto de dónde es, y ahora, que no debería tener más relación con esa ciudad, sigo embobado con la prensa chicha y miro sus programas por youtube.
¿Qué me pasa con Lima?
¿De dónde viene esa especie de obsesión por lo peruano?
¿Será que el amor dejó en mí una marca indeleble?

No tengo respuesta a estas preguntas.
Solo sé que me siento un poquito peruano cada vez que entro al blog y leo los cientos de mensajes de apoyo y cariño que ustedes me envían.
Solo puedo decir, a riesgo de sonar adulador, que no me siento muy cómodo con la arrogancia de muchos argentinos ni con el fanatismo de los cubanos de Miami. También, podría asegurar que en Madrid, por más nacionalidad española que tenga, siempre me miran como ciudadano de segunda y deslizan algún chistecito xenófono contra los sudacas en cuanto tienen la oportunidad de hacerlo.

Así de idiota soy: no me hallo ni en Buenos Aires ni en Miami ni en Madrid, y mucho menos en Santiago, donde intenté en vano vivir por unos meses, soportando un acento que sólo me recuerda el rechazo que mi hermana Candy sentía por esa ciudad cuando le tocó vivir ahí por dos años.

¿Y qué onda Lima?, me preguntan mis amigos argentinos.
Pues no sé, contesto. Estuve muy poco tiempo y me quedé con ganas, pero yo ahí no duro vivo ni una semana, respondo.

Lamentablemente, es así.
Y digo lamentablemente porque me hubiera encantado explorar un poquito más esa ciudad que me tiene embobado, que me convirtió en un auténtico limado. Hubiera sido genial pasar ahí más tiempo, conocer a mis lectores, ir a una disco, salir con chicos, darle un beso a Peluchín...

En Lima respiré progreso y buena energía. Noté un pueblo contento, con ganas de salir adelante, de trabajar y hacerse respetar en nombre de los infinitos años de sometimiento que han sufrido.

Los argentinos tenemos mucho que aprender de los peruanos.
Debemos trabajar más, creernos menos el cuento de que somos geniales y callarnos un poquito la boca. Debemos agachar la cabeza y ser conscientes de que nos estamos quedando atrás, de que nuestros pueblos vecinos como Brasil o Perú siguen avanzando y a nosotros se nos viene la noche.

Perú crece y mi amor por Lima se hace cada vez más evidente.
Porque en los últimos meses allí perdí al amor de mi vida, pero gané miles de amigos y amigas que me apoyan como nunca nadie lo había hecho. Y en honor a ellos escribo estas tontas palabras y les digo que siempre los llevaré en el corazón, y que algún día, cuando todos se olviden de mí, pasearé por sus calles de incógnito y recordaré que hubo un tiempo, por más corto que haya sido, en que muchos peruanos supieron quién soy.

¡Hasta siempre!