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martes, 29 de marzo de 2011

Friendship never ends!


Hola chic@s,

Es martes en la mañana y me acabo de dar cuenta que no les he contado nada acerca de mi estrambótico fin de semana.
Pues bien, vamos directamente al sábado en la noche, para no aburrirl@s.

Eran las siete de la tarde cuando comencé a mensajearme por el blackberry con un chico del gimnasio. Bah, lo de chico es un decir, porque el tipo tiene cuarenta años y algunas arruguitas que revelan muchas noches de living la vida loca.
Pero de cuerpo no está nada mal. Es jugador de tenis, era profesional, competía, y ahora se dedica a entrenar y preparar a nuevos talentos. Imagínense las piernas de alguien que pasó su vida entera peloteando en las canchas de polvo de ladrillo...
En fin, el tipo valía la pena, de todas maneras.
Tardé seis meses en hablarle y darme cuenta de que pertenecía al club de la Pelucha y la Carlina. Porque el man en cuestión no es nada amanerado, se hace el recio con las chicas del gym y cualquiera diría que es un macho con todas las letras. Pero, como siempre digo, ojo de loca no se equivoca, y desde el primer día que lo ví, intuí que había algo raro en ese hot tennis player.
Y no me equivoqué, of course!
La cosa es que mensaje va, mensaje viene, nos pasamos el msn y empezamos a chatear.
Tanto chateamos y choteamos que se nos hicieron las nueve de la noche y yo tenía que prepararme para salir a comer con mis amigos. Había quedado en pasar a buscar a Sani, la autora de la portada de Candy, por su depa de Palermo a las diez y media.
Y ya eran las nueve, ¡que horror!
Debía estar eligiendo la ropa, peinándome y maquillándome para salir divina como siempre, pero el tenista estaba dale que dale con el chat, que se ponía cada vez más hot y prometedor. Hasta que en un momento dije basta, y lo insté a vernos esa misma noche, en veinte minutos, en la puerta de su casa.
El tipo vivía en Belgrano, una zona muy pituca a mitad de camino entre mi depa de San Isidro y el de Sani en Palermo. Me quedaba perfecto para hacer una parada técnica, una visita higiénica.
Sin rodeos, le dije que me estaba subiendo al auto, que me iba a conectar al msn desde mi teléfono y que mientras yo manejaba, él debía darme las intrucciones para llegar a su casa. El tipo se freakeó mal, se dio cuenta que yo estaba más loco que el mismo loco con el que estuve de novio ocho años. Sin embargo, no se resistió a mis encantos y, en lugar de cortar la conversación, siguió haciéndose el interesante y preguntando idioteces, como por ejemplo, si yo estaba pasándome luces en rojo o violando el límite de velocidad. Así seguimos hasta que llegué a la esquina de su casa y salió a abrirme la puerta.
-Nunca hice una cosa así -me dijo.
-Yo tampoco -le respondí. Pero a veces está bueno hacer cosas medio locas por impulso, ¿no te parece?
Me dió la razón y me invitó a pasar.
La casa era divina, no muy grande pero bien moderna y decorada con muy buen gusto. Inmediatamente comprobé que se trataba de una loca con onda, no una loca bizarra como la Cacho, que ni me quiero imaginar la decoración de su depa... Bueno, no me quiero ir por las ramas. El asunto es que nos sentamos en el sofá y nos pusimos a hablar... bla, bla, bla. Que me fui de viaje a tal lado, que me gusta tal marca de ropa, que amo este restaurante peruano-japonés... ¡Dos locas insoportables!
Mientras hablábamos tremenda sarta de pelotudeces, yo miraba el reloj de reojo pensando en que mi amiga Sani me esperaría a las diez y media en punto en la puerta de su depa. Y si hay algo que no me gusta es dejar a la gente esperando, o peor, que me dejen esperando a mí. ¡No way!
Como veía que la cosa se iba a demorar un toque, le escribí a Sani diciendo que estaba quince minutos demorado. Me contestó que todo bien. Entonces me puse en acción y le acaricié la pantorrilla al tenista. Aluciné. Nunca había tocado una pantorrilla tan desarrollada.
-Wow -le dije. -Que buenos... ¿cómo se llama esta parte?
-Gemelos -me dijo.
-Ah sí, gemeleos, qué lindos tus gemelos...
Se rió y me dijo que nunca nadie le había hablado de una manera tan nerd. Me sentí un estúpido, pero seguí, ya estaba jugado. Desvié el recorrido de mi mano hacia arriba hasta que llegué a los muslos. Volví a elogiarlo, se volvió a reír.
Seguimos así, hueveando un poco, hasta que le dije que debía irme, que una amiga me esperaba y no podía fallarle. Entonces me abrazó y me dió un beso. Estuvo bueno.
Miré el reloj, iba a ser imposible cumplir con Sani. Le mandé un mensaje diciéndole que fuera directamente al restaurant y se encontrase ahí con el resto de nuestros amigos. Me contestó que todo bien, me preguntó si me había pasado algo malo, pero no alcancé a contestarle porque ya estaba demasiado enredado con el fucking tennis player.
Pero, lamento desilusionarlos, la cosa no prosperó.

Seguimos beso va, beso viene, tocadita va, tocadita viene (entretanto yo comprobé que tenía un culo divino y que de adelante venía bastante bien), hasta que pasamos a su cuarto, y en el trayecto nos topamos con un escritorio y con la salida a una terraza increíble que albergaba un jardín urbano espectacular. Me detuve en la puerta del jardín, y la loca no podía más del orgullo, así que comenzó a explicarme como había plantado todas y cada una de sus putas plantas y flores. Yo estaba maravillado porque amo los jardines, pero también sabía que no nos quedaba mucho tiempo, que tarde o temprano debía salir para el restaurate de Palermo y que a ese paso sería imposible llegar a complir con todo. Entonces miré el reloj -otra vez- y comprobé que me quedaban diez minutos, como máximo, para salir de aquella casa de Belgrano si no quería dejar plantados a mis amigos. Se lo dije, le avisé que no tenía mucho tiempo, que si hacíamos algo debía ser ya, y volví a besarlo.
Seguimos así unos minutos, hasta que los dos alcanzamos un punto de ebullición ineludible.
-Vamos al cuarto porque me tengo que ir -le dije.
-No me gusta que me apuren -me dijo.
-Mirá, voy a ser directo, o nos hacemos una paja ya o me voy en este instante, porque seguir así no puedo -lo apuré.
Y ahí el tipo empezó con sus perorata. Que el sexo no es algo así nomás, que le gusta tomarse su tiempo, que si me quedo toda la noche podríamos pasarla genial, que ya está grande para hacerse una paja a las apuradas como si tuviera veinte años...
Mientras decía todo esto se me bajó tanto que decidí que era hora de irme, de abandonar esa casa y dejar al tarado ese con su cháchara sobre la ceremonia sexual.
Seamos honestos: yo lo único que quería, a esa hora y en esas circunstancias, era vaciar el tanque, sacarme el gusto, botar la calentura, hacer el choque y fuga más rápido de mi historial amoroso. Y justo me vengo a topar con este personaje que, a juzgar por su discruso, era amante del sexo tántrico, largo, ceremonioso y muy duradero. No, no, no, ni loco, ni a palos -como decimos en Argentina- voy a dejar plantados a mis amigos por una noche loca con alguien que apenas conozco. No corresponde, mis amigos están primero, ya había quedado con ellos, había esperado toda la semana para verlos, comer juntos, tomar un vino y reírnos de nuestras penas.
Mientras el tenista seguía hablando huevada y media, yo me terminé de poner los zapatos, busqué mis llaves y mi celular y bajé las escaleras hasta la puerta de salida. Mañana seguimos, le dije, y volví a manosearlo un poco. Ay, ay, ay, lo que tuve que aguantarme para no seguir...
Cuando llegué al restaurante Piola de Palermo Soho, Sani y otros dos amigos ya estaban terminando su plato. Dami, el más gracioso de los tres, me dijo: ¡Limpiate la boca, sucia! y nos reímos a carcajadas. Después, les juré que no había hecho nada, que el acto no había sido consumado porque no quería dejarlos plantados.
Entonces brindamos por la amistad, empezamos a tomar y les conté todo lo sucedido con lujo de detalles. No terminé con el tenista, es cierto, pero las siguientes horas de risas y chismes fueron mucho más placenteras que cualquier orgasmo (perdón, ¿se puede decir esa palabra en un blog?).