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lunes, 7 de marzo de 2011

El duelo que duele

Escribo esto porque me conmueven los comentarios de ustedes, mis queridos lectores.

Es cierto lo que dicen, si no hablo del loco y la enana, supongo que estaremos a salvo.
Por cierto, un comentario decía que me cerraron la boca con plata.
Decía que lo decían en la radio.
Por Dios, como puede haber gente tan tonta en la radio.
Insisto, si la cosa se hubiera arreglado con plata, el loco no habría quedado como el matón que es, y yo no habría contado el episodio del auto negro. Es simple, es claro.

En fin, que el motivo del post es hablarles de este duelo que tanto duele.

Después de la locura de Lima, del destape en lo de Magaly, de la genial entrevista que salió al aire anoche en Día D, digamos que pasó la euforia y todo pretende volver a la normalidad.
Pero en mí esa normalidad no existe, desapareció, no la encuentro.

Desde que decidí hablar por primera vez en El Comercio, han sido dos meses de incesante batalla, de infinita lucha, de esquivar dardos y reponerse para volver al ataque.
La pelea me engrandeció. Tuve que crecer para enfrentar al mounstruo, volverme una bestia salvaje yo también para no dejarme aplastar por el enemigo.
Fue duro, desgastante, agotador.
Hasta que regresé de Lima, me encontré con la sorpresita, me asusté, apagué el incendio y me quedé sin ganas de nada.
Anoche, viendo la entrevista de Día D, me dí cuenta de que todo estaba finalmente aclarado.
Quien quiera oír que oiga, quien quiera -y pueda- entender, que entienda.
El resto, allá ellos.

Ahora me encuentro haciendo lo que mi psiquiatra llama el reposo del guerrero.
Estoy retirado en mis cuarteles de invierno, gozando de la paz del anonimato y sabiendo que la guerra terminó.
No me queda claro si he salido ganando, si me han detruído o si simplemente a nadie le importa.
Lo único que sé ahora es que ya no tengo más ganas de pelear.

Que ya no lo odio, que el rencor y el despecho fueron desapareciendo con cada una de mis bombas envenenadas.
Que ya le dije todo lo que debía decirle, que tengo clarísimo que jamás volveré a verlo y que de los hechos sucedidos en los últimos dos meses no se vuelve.
No se vuelve de mis agresiones, de mi infidencias develadas, de mis ataques constantes hacia él y la enana.
No se vuelve de sus amenazas, de sus mentiras y de sus actos mafiosos.
De nada de eso se vuelve, como tampoco creo que sus hijas puedan regresar de la humillación pública a la que fueron sometidas.

Y como tengo tan claro que el regreso es imposible, mi duelo se hace cada vez más presente.
Es un duelo que duele, que duele como mierda porque sabes que todo es historia.
Que no habrá más besos, abrazos, protección, consejos. Que nunca más nos tomaremos de la mano, que ya no hablaremos en la cama hasta las cuatro de la madrugada, que no saldremos a ningún restaurante y nunca, jamás, volveremos a ir juntos al cine.
Que ahora me odia y yo lo detesto, que nos hicimos un daño del carajo y todo terminó de la peor manera posible.

Pero lo bueno de todo esto -si nos ponemos optimistas-, es que tal vez era necesario agredirse hasta más no poder para terminar de matar al otro. De repente fue bueno hacernos las más terribles perradas para saber que el otro jamás nos perdonaría y que todo, por fin, se habrá terminado.

Por eso no me arrepiento de lo que pasó.
Porque ahora estoy mal y hay días, como el de hoy, en los que todo duele mucho.
Pero basta recordar las locuras del pasado para saber que todo esto me hizo bien.
Porque estoy saliendo, estoy creciendo, y cuando uno crece, como los dientes que le salen a los niños, es un proceso doloroso pero necesario.

En conclusión, he amado, he odiado, me he vengado, he crecido, he dejado atrás lo malo y ahora ya no queda nada.
Ahora comienza la parte final del duelo, la que mi psiquiatra describe como la más dolorosa.
Es tiempo de recordar las cosas buenas del otro, pensar en los momentos vividos con cierta nostalgia y dejar de odiarlo, no pensar más en destruirlo, en vengarse a cualquier precio.

Ahora pienso en los buenos momentos aunque duela, y cuando el dolor se torna insoportable, basta recordar las locuras del loco para darse cuenta que nada podía ser peor que eso, que ya vislumbré la salida y me costó tanto encontrarla que, por nada del mundo, sería capaz de volver a entrar.

Aunque afuera duele, afuera estoy viviendo un duelo que duele y que espero pase pronto porque ya no tengo más ganas de seguir llorando .