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sábado, 19 de febrero de 2011

Que los cumplas... ¡infeliz!

Hoy es su cumpleaños.
Son 46.
Pensé en escribir algo feo, vengativo, pero la verdad es que no me sale.
Se ve que todo el odio que sentía se fue desvaneciendo con cada post incediario, con cada dardo envenenado que disparé, y ahora sólo queda la nostalgia por los buenos momentos.

Aunque la rabia vuelve, siempre regresa. Vuelve cuando pienso en todas las perradas que me hizo. Vuelve cuando invaden mi memoria tantas mentiras, tantas manipulaciones y estafas imposibles de olvidar. Regresan, se tornan indelebles, cada vez que pienso en el daño causado, irreparable, sobre mi magullado ego. Vienen para quedarse cuando leo el mail en el que describe cómo va a disfrutar sentado tomando un juguito de mango el día que mate a mi hermana. Mi única hermana viva, la exitosa abogada de 36 años que siempre me advirtió sobre los peligros de este loco. La que siempre me dijo que debía tener mis papeles en orden con él, en lugar de confiar ciegamente como si se tratara de un amor para toda la vida. La que se rió irónicamente cuando le dije que pusimos el depa a su nombre, que a mí me daba igual. La que me regañó al momento de dejar los derechos del programa, o de cederle a él el formato creado por mí junto a mi socia.
Mi hermana, la abogada mala onda que siempre desconfió de todo, ahora tiene más razón que nunca. Pero en lugar de machacarme un "te lo dije", opta por ayudarme, quiere asesorarme. Por eso él dice que va a matarla, y yo no dejo de pensar en eso cuando trato de recordarlo con cariño el día de su cumpleaños.
Lo intento, hago mi mejor esfuerzo por rememorar los buenos momentos, pero me resulta imposible mantenerlos. Quiero pensar en todas las celebraciones juntos, en sus cuarenta junto a las niñas, los cuatro, más felicies que nunca en el Ritz de Santiago. En sus 44 en la casa de Shakira, en Punta del Este, los dos solos en esa chacra de ensueño.

Estos y tantos otros recuerdos rebotan ahora en mi cabeza de manera intermitente.
Me pone triste saber que todo ha pasado, que nada será igual. Pero a la vez me alivia pensar que todo, lo bueno y lo malo, pertenece al pasado. Que ya no seré víctima de sus desplantes, cómplice de sus mentiras, esclavo de sus caprichos. Que desde hace unos meses dejé de preocuparme por su salud, de obligarlo a visitar un médico, de estar pendiente de la cantidad de pastillas que toma y las horas de sueño que consigue. Que ahora tengo voz propia y he dejado de vivir bajo su sombra. Que hoy, pese a las malas críticas, hay tanta gente que me lee, que en cierta forma me conoce y sabe quien soy, cómo pienso, cómo escribo, y me apoya de manera incondicional.

Hoy ha sido un día muy feliz para mí. Tuve una importante reunión de trabajo, fui al gimnasio, almorcé con una amiga, salí de compras, estuve con mi chico y ahora, mientras escribo, me preparo para salir de marcha con amigos. Soy joven, estoy sano y tengo muchas cosas por hacer.
Por eso, en lugar de extrañarlo y deprimirme porque estamos separados, no tuve tiempo de pensar en él.
Sin embargo, me obligué a sentarme a escribir este post porque lo consideraba necesario para el blog. Mientras levantaba pesas se me ocurrió el título: "Que los cumplas... ¡infeliz!" En Argentina cantamos "Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz...", por eso me pareció gracioso el encabezado. Pensaba desfenestrarlo argumentando que sería su primer cumpleaños solo; sin mí, sin Sandra y sin sus hijas. Iba a escribir que seguramente éste se convertiría en el santo más triste de su vida, porque las chicas -que al parecer me leen y me quieren- me dijeron que no pensaban saludarlo ni ahora ni nunca, lo que por un momento me puso muy contento. Es la venganza, la inevitable sensación de revancha que por momentos me ciega y me empuja a despotricar en contra de su existencia.
Tenía la idea de escribir todo eso, de describir la miseria en la que estará sumido en este preciso instante, con la enana como única aliada y compañera y todo el resto de sus afectos cercanos, los que siempre estuvimos ahí para ayudarlo, dándole la espalda.

Pero estoy feliz y el odio no aparece en esta tarde de sábado.
La nostalgia me visitó un momentito pero ya se fue, desapareció.
Y ahora no queda nada, ni bueno ni malo.
La nada misma, la total desaparición, el duelo más profundo y consumado.
Por eso prefiero dejar de escribir y arreglarme para salir. Mis amigos me esperan, mi chico me reclama que no le doy bola. En Madrid la noche es virgen -como decía él-, está en pañales -como digo yo-, y nada va a impedir que la pase de puta madre. Porque hoy estamos, mañana no.
Y él ayer estaba, hoy está lejos y mañana, o en su próximo cumpleaños, quizá deje de estar. Pero ese es otro cuento, y esta historia debe terminar con un final feliz, porque así lo merezco yo y así lo merecen ustedes, mis lectores más queridos.