Búsqueda personalizada

lunes, 14 de febrero de 2011

No te enamores, no...

UNO

Mi hermana Candelaria se enamoró de Maxi, un jugador de rugby argentino, y decidió que ese sería el padre de sus hijos. Por motivos laborales, él fue trasladado a Chile y ella decidió seguirlo. Renunció a su trabajo en Buenos Aires, se separó de su familia y dejó de ver a sus amigas. Todo por amor, por ese sentimiento irracional que muchas veces nos hace cometer tantas estupideces.
En la ciudad de Concepción concibió (valga la casualidad y la redundancia) a su única hija, Catalina. Al séptimo mes de embarazo, viajó sola a Buenos Aires para el parto, porque se negaba rotundamente a tener una hija de nacionalidad chilena. Varias veces he visto a Candy llorar sola en el baño de la casa de nuestros padres porque estaba muy embarazada, a punto de parir, y el padre de su hija la esperaba al otro lado de la Cordillera, en una ciudad que ella detestaba, en un país que le resultaba completamente ajeno y desagradable.
Cata nació de manera espléndida y al mes las dos regresaron a Chile. Una tarde, mientras Candy alimentaba a su hija, una chilena loca con pinta de bataclana se le apareció en el departamento a decir que, si Maxi no regresaba con ella, iba a cortarse las venas ahí mismo. En lugar de defenerse o agredir a la chilena, Candy se encerró en su cuarto y no paró de llorar hasta que llegó Maxi. Después, lo encaró y supo que él había tenido un affaire con la chilena mientras ella atravesaba su último mes de embarazo en Buenos Aires. A Candy se le presentaban dos opciones: dejarlo y regresar sola con sus padres, o perdonarlo y hacer de cuenta que nada había sucedido.
Lo amaba demasiado como para dejarlo. Amaba demasiado a su hija como para dejarla sin un padre. Entonces se quedó en Chile tragando veneno. Pensando, cada vez que Maxi llegaba tarde del trabajo, que estaba revolcándose con la bataclana esa. Candy no era como yo, no conocía la maldad o la venganza. Será por eso que, en lugar de botar todo su rencor contra el mundo, se lo quedó muy adentro suyo y no le dijo nada a nadie.
Al año siguiente Candy fue diagnosticada con un cáncer terminal. Se fue de Chile, abandonó a su marido y murió soltera -o separada, que para el caso es lo mismo- en una clínica de Buenos Aires.
Hasta el día de hoy no dejo de preguntarme cómo hubiera sido la vida de Candy si no hubiese caído bajo el inexplicable hechizo de ese amor idiota.

DOS

Mi amiga Gabriela se enamoró de Javier, un compañero de trabajo, hace seis años. A los pocos meses de salir con Gabriela, su enamorado le dijo que había regresado con una novia anterior, pero que el gran amor de su vida era ella, Gabriela.
La muy ingenua se creyó el cuento, y mantuvo una relación paralela, oculta, con el tal Javier, siempre con la esperanza de que él dejara a su novia y se casara con ella. A los dos años, Javier le dijo a Gabriela, con lágrimas en los ojos, que su novia había quedado embarazada, y que por el bien de ese bebé en camino se casaría con ella. "Pero eso no significa que debamos dejar de vernos", le aclaró.
Gabriela estuvo un mes entero en cama, enferma, tratando de procesar el tremendo golpe que había recibido. Sin embargo no dejó a Javier, quien continuó prometiéndole que pronto dejaría a su mujer para iniciar una nueva vida junto a ella.
Gabriela hoy tiene 35 años y sueña con ser madre, aunque sabe que su reloj biológico corre más rápido que nunca. Intentó dejar a Javier con todos los métodos posibles: psicólogos, psiquiatras, medicación; brujas, hipnotizadores, armonizadores, chamanes... nada le funcionó. Gabriela sigue loca por Javier. "Loca de amor", dice ella. "Loca a secas", digo yo, cuando veo que ese grandísimo hijo de puta la convierte en un ser completamente acéfalo y dependiente.
Gabriela está fall in love, como dicen los gringos. Se encuentra caída en un pozo romántico del que nunca -o al menos eso parece- podrá salir. Una pena por ella, tan inteligente que parecía antes de enamorarse...

TRES

Cuando tenía veinte años, mi hermano Agustín trató de matarse con una mezcla explosiva de alcohol y pastillas. Su novia de ese entonces lo había dejado por otro, por un chico más apuesto, más estudioso y con muchos más proyectos de vida que el pobre Agustín. Él trató de reconquistarla por todos los medios. Se inscribió en la universidad, comenzó a cuidar su cuerpo y nunca dejó de llamarla o enviarle flores a su casa. Ella estaba harta del acoso de Agustín, tanto que un día lo llamó para decirle que la dejara en paz, que hiciera de cuenta que estaba muerta, que se olvidara de ella para siempre porque jamás, bajo ninguna circunstancia, volverían a estar juntos. Cuando la chica cortó el teléfono, Agustín buscó todas las pastillas de mi madre, las tomó con todo el vodka de mi padre y se presentó en la puerta de la casa de ella, donde cayó desplomado a los pocos minutos por el efecto de las drogas.
Estuvo internado una semana en la clínica, y de ahí pasó dos meses más en un instituto psiquiátrico. Estuvo sujetado por un chaleco de fuerza, encerrado en una habitación sin ningún objeto a mano que le sirviera para quitarse la vida.
Agustín enloqueció, enloqueció de amor. Y no fue hasta que encontró a otra mujer que terminó de recuperarse. Ahora dicen que está curado, pero yo pienso que no, que sigue siendo el mismo tonto dependiente que no puede vivir sin una mujer a su lado, y que si lo vuelven a dejar volverá a intentar matarse. Porque Agustín no está enamorado, está enfermo de amor. Y eso, a mi entender, no tiene cura.

CUATRO

Mi amiga Mary vive en Londres hace más de diez años. Allí se enamoró de un inglés muy rico y se casó con bombos y platillos. Luego se hizo ciudadana inglesa, y cada vez que regresa a la Argentina todo le parece tan chato, retrógrado y triste que no soporta más de dos semanas en su país.
Cuando hace poco vino a Madrid, Mary me hizo una confesión entre copas y tapas. Su marido, el flamante millonario inglés padre de su único hijo, cultivaba la costumbre del transformismo una noche por semana, en un antro de Londres especializado en ese tipo de prácticas. Me quedé mudo cuando me contó esto, y más atónito cuando me dijo que Hugh, además de trasvestirse, tenía un alias femenino, Amy, y que cuando era Amy le gustaba no sólo ponerse pantymedias y maquillarse, sino también terminar en la cama con hombres rudos que lo (vale decir la) hacían sentir bien mujer.
Cuando Mary terminó de hablar, vacié mi copa y atiné a preguntarle si eso no le molestaba. "Claro que me molesta, me está matando", dijo. "¿Y por qué no lo dejas?", pregunté. "Porque lo amo", contestó. "Es el hombre de mi vida y no imagino estar sin él, así que por nada del mundo podría dejarlo", sentenció.
Ahora sé que no puedo convencer a Mary para que haga un cambio en su vida. Sólo espero que, en una de las noches que él sale como Amy y ella se queda sola cuidando a su hijo, no termine de envenenarse por dentro como Candy, o no cometa una locura como lo hizo el tonto de Agustín.

CINCO

Mi madre lo dio todo por mi padre. Estuvo treinta años a su lado, dedicando una vida entera al único hombre que amó. Mi madre tuvo la suerte de nacer en una familia de buenos recursos. Mi padre no puede decir lo mismo.
Cuando Candy estuvo enferma, mi madre no se separó de ella ni un solo minuto. Luego, cuando Candy murió, mi madre quedó desolada pero con ganas de recuperarse para cuidar a su nieta. Al mes del fallecimiento, cuando mi madre poco a poco intentaba reanudar sus rutinas, mi padre heredó una suma de dinero no muy grande de su tía solterona y, sin decir nada, un día armó una pequeña maleta y se fue de la casa. Ahora vive en el campo con otra mujer (nunca sabré si la conoció antes o después del divorcio) y mi madre quedó sola en un gran departamento en San Isidro, sin nadie que la acompañe y con muchos cuartos vacíos. Cuando la visito, no puede evitar llorar frente a mí, cosa que detesto, y cuando le pregunto por qué está tan mal me dice que extraña a mi padre. "¿Cómo podés extrañarlo si con vos fue un hijo de puta?", le digo. "Lo extraño porque lo amo", me contesta, y yo pienso que el amor es la cosa más tonta e irracional que ha inventado el ser humano.

¿Será que hablo por experiencia propia?

Happy Valentine´s!