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lunes, 17 de enero de 2011

Hay una enana en mi sopa

UNO

Estamos en el Office Depot de Coral Gables. Yo compro chucherías para mi sobrina, él cumple con la lista de encargos que le enviaron sus hijas y me pide consejos sobre laptops. Le digo que las de ahí son malas, que siempre es mejor ir al Mac Store. Dice que necesita algo barato para su productora. Vemos una Sony Vaio plateada en oferta, 500 dólares. “Es malísima”, le digo. “No importa”, dice, “total no entiende nada, que agradezca que se la regalo”.

Dos años después me entero de que la Sony no era para la genial productora sino para la enana arribista. Ni computadora tenía la pobrecita cuando lo conoció.

DOS

Él llega de Lima destruido. En la casa de Miami hace un calor insoportable. Bajo la escalera y lo abrazo. Está en otro mundo. Salgo y veo la camioneta abollada. Le digo que no puede manejar así desde el aeropuerto, todo empastillado y medio zombie. Me lanza una puteada y se encierra en su cuarto a dormir. Reviso la maleta, que por un descuido dejó en la sala, y encuentro fotos de la enana arribista en calzón saltando en una cama, junto con una espantosa camiseta envuelta en papel de regalo y una carta de amor. Espero a que se despierte y lo encaro, le pregunto qué hacen esas cosas en su maleta. Sigue dopado, no se inmuta. Insisto en indagar y me contesta que no me preocupe, que la enana esa está tan loca que pasó por el hotel y le dejó regalitos en la recepción. “Pero te juro que no la ví, hace tiempo que no la veo”, me dice.

Rompe las fotos y la carta en mi cara y me pide que deje de joderlo con mis planteos. Le creo y me encierro a trabajar tranquilo.

TRES

Me voy a un hotel en Miami Beach porque las hijas de él vienen con su madre a pasar las vacaciones en la casa de Key Biscayne, los cuatro juntos como una familia normal. Él esconde mi ropa, bota mi comida y hace de cuenta que no existo. No me ofendo porque estoy acostumbrado y sé que es lo mejor para las niñas. Más bien aprovecho para divertirme solo en los bares de South Beach.

Una noche me llama y me cuenta que se está yendo al concierto de Arjona. Le pregunto con quién. Me dice que solo. Le digo que está loco al ir solo a un concierto de Arjona si siempre odió su cursilería melódica. Me dice que lo hace para no quedar mal con el cantante. Le creo. Un mes después leo en su computadora una columna que nunca se animó a publicar, en la que describía a la enana a arribista como una chola vulgar que lo hizo pasar vergüenza en el concierto de Arjona porque llevaba puesto un ridículo polo a lunares tamaño carpa y unas calzas floreadas que le marcaban el poto regordete. (Aclaración a la prensa chicha: lo anterior es una cita, lo dijo él, no yo).

Lo enfrento con el texto en mis manos y me dice que la enana justo estaba en Miami, que coincidieron de casualidad en la ciudad y ella insistió mucho en ir al concierto de Arjona, en plan de amigos. Luego aprovechó para criticar el mal gusto de ella, nos reímos juntos y me dijo, una vez más, que ya no podía verla ni siquiera como amiga, porque era una impresentable que no sabía vestirse.

CUATRO

Fumamos un porro en la habitación del hotel de Bogotá. Él habla sin parar de su candidatura y me cuenta que cuando sea presidente vamos a recorrer juntos el mundo en avión privado. No le creo nada, pero igual me divierte la idea.

Me dice que necesita una primera dama, que la madre de sus hijas no quiere salir en la tele. No sé qué contestar. Me dice que está pensando en la enana arribista para mostrarla como su novia. Me enojo y le digo que pensé que ya lo la veía más. Se defiende argumentando que ella se le aparece en el hotel sin invitación. Le pongo un ultimátum: “o no la ves más, o no me ves más a mí”. Me dice que nunca podría dejar de verme y comienza a besarme.

Sé que la marihuana saca a relucir su costado más femenino. Se acuesta boca abajo y me pide. Le doy feliz, nada me excita más que darle, pero antes me pongo un condón. Me pregunta por qué hago eso y le contesto que no sé si se acostó con la enana arribista y vaya uno a saber qué bichos tiene esa pendeja. Me dice: “haz lo que tú quieras, soy todo tuyo”.

CINCO

Estamos en Sitges, Barcelona. Vamos todos los días a la playa gay Muñecas y nos pasamos protector por la espalda el uno al otro. Somos una pareja un poco rara: él más grande, medio gordo, con su cerquillo y sus anteojos. Yo muy flaco, con cara de adolescente, muy pendiente de mi ropa y haciéndome la modelo.

Me gusta verlo en la playa, lo amo más que nunca y pienso que no todo está perdido con él. Nos enamoramos de Sitges, fantaseamos con comprar una casita ahí para pasar los inviernos de Buenos Aires en el verano europeo. Dos días antes de regresar a Barcelona, abro mi laptop y me encuentro con su cuenta de correos abierta. Busco ansioso los mails de la madre de sus hijas y los de la enana arribista. La primera sabe que él está conmigo en Sitges pero se hace la tonta y le pregunta: “¿Y si nos casamos de nuevo?”. No me molestó leer eso, más bien me causó gracia. A esa altura habíamos aprendido a repartirnos al padre de sus hijas un tiempo cada uno y todo funcionaba con cierta armonía.

Los correos de la enana eran muchos y muy odiables para mi corazón. “Te extraño”; “Quiero verte”; “Odio a mis padres”; “Mi hermano lo hizo otra vez”; “No me viene la regla, creo que el pequeño James puede estar en camino”.

Cierro furioso la computadora, quiero putearlo pero no puedo, está en su cuarto durmiendo la siesta bajo el efecto de los somníferos. Salgo a la playa, camino por el malecón al centro de Sitges, me siento en el bar gay Parrot y pido una cerveza. Un rubito fortachón de ojos azules se me sienta al lado. Ya estoy borracho. Junto coraje para invitarle una cerveza. Acepta encantado y nos quedamos hablando. Me cuenta que es escocés pero vive en Londres. Su acento me mata, es una mezcla irresistible entre Gerard Butler y Colin Farrell. Pienso en los mails de la enana y la sed de venganza me carcome el cerebro. Le clavo la mirada al escocés y con los ojos le digo todo. Al rato estoy en su habitación teniendo el mejor sexo casual de mi vida.

Vuelvo corriendo a nuestro hotel. Él me espera impaciente. Me dice que estaba preocupado, que le daba miedo que algún chico lindo me levantase por ahí. Le digo que nada que ver, que me entretuve en las tiendas, y le pido mi laptop. Le pregunto si tuvo alguna novedad de Lima y me dice que no, que cero noticias. Los dos sabemos que estamos mintiendo, pero ninguno dice nada.

SEIS

La enana arribista viaja con él a recibir el 2011 en Buenos Aires. Se quedan en un hotel pero vienen al departamento en San Isidro del que fui echado como un intruso. Por suerte estoy en Mar del Plata con mi familia y me evito encontrarlos. El portero me cuenta que ella entró al depa con aires de señora y que juntos arrojaron mis libros y revistas a la puerta del edificio, frente a todos mis vecinos. El departamento que conseguí gracias a un cliente de mi tío por 75 mil dólares, una ganga, y que él pagó insistiendo, bajo mi negativa, en que lo pusiéramos a mi nombre, ahora está habitado por la enana arribista.

El portero me cuenta que ella comienza a criticar la decoración y propone hacer todo de nuevo. Ese depa estaba en ruinas cuando yo lo reformé; hice desde las ventanas hasta las tuberías, pasando por el baño, la cocina y los clósets. Lo dejé impecable, lo diseñé con tan buen gusto que de una revista vinieron a fotografiarlo. Dupliqué su valor, y ahora la enana arribista bota todo y compra muebles espantosos en Falabella y yo me retuerzo pensando que usará el depa para invitar a Buenos Aires a su mamá suicida, a sus amigas adolescentes y a sus variados amantes de cualquier raza, sexo y creencia. Porque al parecer la chica no le hace asco a nada. Lean su nuevo libro –supongo que alguien en Perú lo comprará- y verán que a las pruebas me remito.

SIETE

Leo en el periódico de hoy lunes su nueva columna. Se ve que no quiso contestarme, debo haber sido tan contundente que no encontró argumentos. Llego al final del texto, en donde le pide a ella que entierre su cuerpo en el jardín de la casa de Miami. La escena me produce escalofríos, pero luego me invade una rara sensación de alivio. Suerte que no estoy ahí con él, pienso. Suerte que no me encuentro en los zapatos de ella, que ahora lo tiene todo pero pronto, más pronto de lo que cree, no tendrá más que un muerto en el placard y una pala para enterrarlo en su propio jardín.

El que la hace, la paga.