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miércoles, 26 de enero de 2011

Flaca


Siempre fui delgado, flaco, larva. En el colegio me decían fosforito y se reían de mis huesos. Mi papá, fanático del rugby, me obligaba a practicar ese deporte, aunque mi contextura física delatara que sería más exitoso jugando al ping pong que corriendo tras la pelota ovalada. Él aseguraba que era cuestión de tiempo, que estaba creciendo para arriba pero pronto comenzaría a desarrollarme hacia los costados.

Cumplí 16 y seguí siendo larva. Alcancé los 17 y todavía era capaz de entrar en una remera de lycra de mi hermana. Entonces decidí que sería tiempo de inscribirme en un gimnasio.

Motivado por las ganas de verme más ancho -y sobre todo por el deseo de ver a otros hombres más anchos-, acudí regularmente, durante seis meses, al salón de pesas del club. Fue en vano, pues seguí siendo el mismo chico esmirriado de siempre.

Los intentos de hacer realidad mis fantasías fueron aún más frustrantes que los primeros seis meses de gimnasio. En el chat me detenía en las fotos de hombres grandotes, musculosos, sólo para comprobar, derrotado, que aquellos machos alfa buscaban criaturas de su misma especie. “Buen lomo, de gym, buen orto y gambas, deportista, buscando similar. Sin foto no contestes”, publicaban en su perfil.

En el boliche pasaba algo parecido. Los grandotes se agrupaban como en una secta, bailaban juntos, abrazados, sin remera (polo para mis amigos peruanos). Exhibían sus músculos como un trofeo, como diciéndote en la cara: me maté en el gym y ahora pienso disfrutar de mi cuerpo con otro igual a mí, y a ti que eres una larva no pienso mirarte ni de reojo.

La sensación era muy deprimente, tanto que un día dije basta y me inscribí, por un año entero, en el gimnasio más top de la ciudad. Gasté todos mis ahorros en una excesiva cuota anual que hubiera servido para comprarme mi primera laptop, o seguir ahorrando para un auto. Pero la calentura fue más fuerte: si quería levantar machos grandotes debía convertirme en uno de ellos.

En el gimnasio me dieron una rutina de dos horas diarias y me recomendaron una dieta basada en proteínas. Me obligué a comer una lata de atún a las cinco de la tarde, una pechuga de pollo a las ocho y seis claras de huevo a las diez. “Come y excreta”, me dijo el profesor. “Cada tres horas, come y excreta”, insistió, para mi asombro. Comí y excreté todo lo que pude, sin resultados concretos a la vista. Entonces un chongo del gimnasio me recomendó que tomara polvos proteicos para agrandar la masa muscular y pastillas de creatina para tener más fuerza. Compré los polvos y la creatina. Los tomé religiosamente. Aunque me producían cierta conducta histérica y muchas ganas de vomitar, no desistí en mi arduo camino hacia el cuerpo perfecto.

Ocho meses después noté los resultados. Mis brazos eran más anchos; los pectorales, que siempre habían brillado por su ausencia, se asomaron tímidamente; las piernas ya no eran dos patas de tero y mis posaderas se fortalecieron como si hubiera hecho mil sesiones de electrodos con Luciana Salazar. Estaba listo para salir de caza.

Comencé por actualizar mi perfil en gaydar. Cambié la foto nerd de mi viaje a Bariloche –en la que aparecía con camisa a cuadros y jeans celestes- por una en traje de baño, sin remera, tomada por mi amiga Sani en la pileta de su edificio de Palermo. En el texto puse “Buen lomo, activo, deportista. Busco similar. Sin foto no te gastes”… De repente sentí que me había convertido en uno de ellos, otro espécimen de la secta de musculocas en busca de su media naranja. Los mensajes llovieron en mi casilla de gaydar. Ninguno valía realmente la pena, o en todo caso no me animé a citarme con un desconocido en algún bar de Santa Fe y Callao.

En el boliche me fue mejor. Llegué con una remera ajustada que dejaba al descubierto mis ocho meses de trabajo y enseguida comenzó el intercambio de miradas. Tomé un par de tragos y me animé a encarar al tipo que más me calentaba en todo el boliche. Mi nuevo cuerpo me daba una confianza inusitada.

Finalmente conseguí una víctima. Se llamaba Guillermo, era personal trainner y hacía unos años había competido en ligas menores de físico culturismo. Era muy grandote, muy fuerte, muy hot. Para mi sorpresa, me contó que le gustaban los tipos altos y flacos –a su lado, yo seguía siendo flaco, a pesar de los ocho meses de intensa rutina- aunque me aclaró que le calentaban algo marcados, “Un poquito, como vos”, me dijo, y nos fuimos a su departamento.

Pensé que sería la noche de mi vida. Que finalmente, luego de tanto sacrificio, el destino me había premiado con un chongazo que se partía al medio. Cuando se sacó la ropa, comprobé que no estaba para nada equivocado. Exhibió un cuerpo escultural, como jamás había visto en vivo y en directo. “No puedo creer el lomo que tenes”, lo dije. “Ya sé”, me contestó, y se acostó boca abajo. Su culo era glorioso, como sacado de una porno de los Falcon Studios. Intenté besarlo en la boca, pero se negó. Quise acariciarle la espalda, pero se puso arisco. “Quiero que la pongas”, me dijo. “¿Así de una?”, Pregunté. “Necesito que me cojas ahora”, insistió, y movió el culo como pidiendo eso. “Pará, que no la tengo bien dura”, le dije. “Es que me calentás demasiado y me pongo nervioso”. “Ya sé, siempre me pasa lo mismo”, me dijo. “Se excitan tanto que terminan acabando enseguida o ni se les para”.

Pensé en lo afortunado que era Guillermo al sentirse tan conforme consigo mismo. “No te preocupes, que me re calentás”, le dije. “Sólo dejame que te mire un poco y después vas a ver como te cojo”. Lo miré durante diez minutos. De arriba, de abajo, de frente y de costado. Tenía un cuerpo perfecto, pero ni una pizca de onda. A pesar de mis denodados esfuerzos por conseguir excitarme, nunca llegué a tenerla tan dura como para metérsela. Acabé rápido, mirándolo y tocándome solo. “No te preocupes, entiendo que te hayas excitado tanto que terminaste al toque, es normal”, intentó consolarme.

Quise desaparecer en ese mismo instante. Me vestí lo más rápido que pude y le pedí que bajara a abrirme. En el ascensor ninguno habló. Fue uno de los silencios más incómodos de mi vida. “Te llamo”, le mentí, y corrí a tomar un taxi. En el camino a casa hice las sumas y las restas. Desanimado, pensé que había salido perdiendo. Tanto esfuerzo para nada, me dije, y juré no volver al gimnasio por un buen tiempo.

A la semana siguiente conocí a un gordito de ojos claros con mucha onda. “Odio el gimnasio”, me dijo, y juntos tuvimos el mejor sexo de mi vida. Hasta que me enamoré del peruano y… ¿alguien no conoce el resto?