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jueves, 20 de enero de 2011

El instinto maternal



Cuando pasé las primeras vacaciones con las hijas de mi ex, unos seis años atrás, recuerdo que la madre de las niñas me envió un e-mail virulento que decía: “No te metas con mis hijas. Yo no tengo la culpa de que seas gay y no puedas tener hijos. Eres un ser emocionalmente castrado”.

En ese momento resté importancia al correo y dejé que las cosas fluyeran con las adorables chicas. Poco a poco nos hicimos amigos, compartimos maratones televisivas en la casa de Miami, jugamos a cocinar y diseñar ropa y salimos de compras casi todos los días. Las niñas amaban ir al mall, compartían conmigo esa pasión por la moda y las tiendas –que su padre detestaba- y yo era feliz aconsejándolas, viéndolas probarse un vestido tras otro y cargándoles las bolsas con una felicidad inmensa.

La rubia tenía el pelo más suave que jamás haya tocado. Me encantaba besarle las mejillas, hacerle cosquillas en la panza y peinarla una y otra vez.

La mayor era más desconfiada, me costó un par de veranos conectar con ella, pero su inteligencia y astucia hicieron que comprendiera como nadie mi verdadera esencia: yo era el amigo, socio y confidente de su padre; yo las quería como si fueran parte de mi familia; yo nunca hablaba mal de su madre frente a ellas y jamás interferí en la armonía familiar de los cuatro.

La mayor comprendió todo eso y me consta que me quiso, o al menos eso demostró en los correos que me envió, en los regalitos esporádicos que me dió, en sus saludos por mi cumpleaños y en el cariñoso apodo que me inventó: Lulito.

La última vez que estuvieron en Buenos Aires, hace tres años, lloré mucho al despedirlas. Nunca pensé que aquel sería el último verano juntos los cuatro, yendo de compras, visitando el cine a diario, tomando muchos helados de Freddo y chapoteando en la piscina de la estupenda casa que su padre había alquilado en San Isidro.

Cuando se fueron manejé a la casa de mi madre, la abracé y lloré en sus hombros. Sentí en el alma la frustración de no poder tener una familia propia en lugar de ese mes de felicidad alquilada, como la casona de San Isidro, que no hacía más que entristecerme, darme la sensación de haber probado lo mejor de la vida pero sólo por un ratito, porque mi rutina diaria volvía a ser la de un gay solitario que vive en un depa de dos cuartos y pasa la aspiradora cada mañana escuchando a Thalía.

En ese momento sentí más que nunca las palabras de la madre de sus hijas rebotando en mi cabeza: “Eres un ser emocionalmente castrado”.

Ahora, algunos años más tarde, escribo una columna defendiéndome de acusaciones falsas, intentando descargar tanta rabia acumulada durante mucho tiempo, y recibo como respuesta algo parecido a lo que la primera mujer de mi ex me dijo en aquella oportunidad. Los correos que me llegaron son anónimos y dicen algo así como: “Oe marica, sangras por la herida tú que no puedes procrear”, o “No te metas con la chibola que está embarazada, te mueres de la envidia porque jamás sabrás lo que es el instinto maternal”.

Hay una cosa muy cierta y otra gran mentira en estas dos afirmaciones. Primero, la verdad sea dicha, claro que me muero de la envidia. Es obvio –al menos para mí y para los que me conocen- que me hubiera gustado poder tener un hijo con el hombre que amaba, salir con él en la tele besándome la pancita y anunciar que estamos a la espera de un niña a la que apodaremos Ziloé y que nacerá en abril. (Dato de color: la madre de sus hijas y yo cumplimos años en abril, el mismo día, así que quizá nos llevemos la grata sorpresa de que la pequeña por llegar comparta nuestra fecha de nacimiento).

Como decía, hay algo muy cierto en las acusaciones que recibí, y es mi probada envidia y rencor contra esa chica que en cierta forma es quien yo no pude ser, tiene lo que yo no pude tener. Pero también se comete una gran falacia en esos correos anónimos, y aquí me remito al instinto maternal.

Obviamente yo no puedo ser madre y no creo que la ciencia avance tanto, al menos mientras esté vivo, como para lograr el santísimo milagro de lograr que un hombre quede embarazado. Eso jamás ocurrirá, lo sé y tan loco no estoy.

Pero hace un tiempo sucedió en mi vida un hecho tan doloroso como inesperado que cambió radicalmente mi existencia. Mi hermana Candelaria se enfermó de cáncer, y tras dos humillantes y penosos años de lucha abandonó este mundo dejando a una pequeña al cuidado de su marido y de nosotros, su familia más cercana.

Cuando nació Cata, la hija de Candy, yo acababa de salir del clóset de una manera escandalosa, gritando a los cuatro vientos mi romance con un famoso presentador de televisión peruano y publicando un libro en el que detallaba los momentos más íntimos de nuestra relación. Mis padres se enojaron un poco, mi hermana mayor, una respetada abogada miembro del poder judicial argentino, me pidió que fuera más discreto y mi hermano Agustín inició una terapia psicológica para aceptar que yo era gay. Candy fue la más comprensiva del grupo, y hasta el día de hoy recuerdo lo primero que me dijo al enterarse: “¿Entonces no vas a tener hijos?”. Luego, cuando nació su preciosa hijita, me nombró honorable padrino de la rebosante bebé que hoy es una niña de seis años.

Luego pasó lo que pasó y yo sentí el instinto maternal más fuerte que nunca.

En su lecho de muerte, Candy me pidió una y otra vez que cuidara de Cata, y yo le prometí, con lágrimas en los ojos, que lo haría sin desmayar hasta el último de mis días y de la mejor manera posible.

Hoy sé lo que se siente tener un niño a tu cargo. Estar todo el tiempo pensando en que no se enferme, en que coma bien, plantearse cuál será la mejor manera de educarlo, si podremos pagar tal o cual colegio privado, si nos alcanzará para darle el mejor seguro médico, si algún día ahorraremos lo suficiente para llevarlo a Disney, si estaremos inculcándole buenos valores, si es mejor insistir en que lea un libro en lugar de que mire la tele, o si vale la pena ponerse pesado para que coma vegetales hervidos en lugar de papas fritas.

Eso es ser madre; vivir las veinticuatro horas pendiente de ese ser indefenso por el que estamos dispuestos a robar, a matar o a cometer los actos más innobles. Saber que no podemos darnos el lujo de siquiera pensar en quitarnos la vida porque un novio nos dejó o porque estamos deprimidos. Comprar ropa para ellos en lugar de darnos un gusto propio, pagar su colegio en vez de salir un sábado a la noche a botar el dinero en trago, darles la mejor vivienda posible y tantas otras cosas más.

A mí me consta que la madre de las hijas de mi ex hizo todo eso y mucho más estando sola en varias oportunidades. También me consta que él lo daba todo por ellas y que juntos hicieron una dupla imbatible a la hora de criar a esas dos adorables pequeñas.

Pero escuché por ahí que la futura joven madre piensa dejar a su hija en manos de empleadas porque no se considera con la paciencia necesaria para cuidarla ni está dispuesta a ver afectada su carrera de “escritora” en pos de ejercer su maternidad.

Lo escuché de boca del futuro padre de la niña, en una de sus tantas quejas en torno al nuevo rumbo que había tomado su vida.

El tiempo dirá si eso cambia o no. Yo presumo que la llegada de un hijo revoluciona todo y que lo dicho antes de dar a luz pierde valor cuando vemos ese piojito que chilla y nos reclama toda nuestra atención.

Sólo espero que la joven escritora encuentre su instinto maternal que, hasta el momento, no he logrado evidenciar.

Por mi parte, puedo decir que yo ya lo encontré con la llegada de Cata y la partida de Candy. Entonces, aconsejo a los lectores que antes de llamarme emocionalmente castrado o escribirme correos malvados sobre mi envidia por la imposibilidad de procrear, lean esta columna. Y si les da curiosidad, pueden escribirme un mail preguntándome cómo se cambia un pañal, cuánto cuesta un colegio privado con inglés o con qué frecuencia hay que llevar a Cata al dentista. Les aseguro que puedo responder a estas cuestiones y a muchas otras más, y que mi instinto maternal está mucho más desarrollado que el de muchas vacas paridoras que dan a luz a un hijo para luego dejarlo con las empleadas, irse de compras y desentenderse completamente de todo en pos de sus cuestionables ambiciones personales.

*La foto que acabo de adjuntar es de mi adorada sobrina Catalina